Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 414

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron sinfonía estrenó la Cuarta con enorme éxito gracias a un inspirado Hans Richter en el podio. Fue cuando Bruckner se le acercó tímidamente para darle las gracias, se sacó una moneda del bolso, se la puso en la mano y le dijo con estas palabras: «Tome, beba una cerveza a mi salud». No, aquella no era una moneda cualquiera. Tampoco aquella sinfonía. Lejos de posarla en el mostrador de una cervecería Richter la llevó siempre eslabonada en la cadena de su reloj, «como recuerdo de un día en que lloré», según dijo. Sobre diversiones no hay nada escrito. Para unos el sumum era arrancar una lancha motora, para otros el polvo a casas de tamaño imposible y para alguno el corsé de una actriz, americana preferentemente. Pero los había que gozaban como niños con las pequeñas cosas de la vida. A Brahms le dejabas, aún de viejo, con sus soldaditos de plomo y perdía la noción del tiempo. Y de los años. Ya con veinte, hallándose en Düsseldorf con los Schumann, había escrito una carta a su madre rogando se le enviaran allí los soldaditos de su infancia. El violinista Kreisler disfrutaba componiendo obras para este instrumento que hacía pasar por autores desconocidos, por él feliz y azarosamente descubiertas en conventos del sur de Francia, según contaba. A Debussy, según relata el pianista Ricardo Viñes, le ponías en la mano un lápiz, le vendabas los ojos sobre un mantel y era feliz pintando cerditos a ciegas para luego comprobar divertido a ojos abiertos el calamitoso resultado. Del pianista Claudio Arrau te hacías amigo para siempre si lo llevabas al cine para ver bailar a John Travolta. Según confesó a su biógrafo Joseph Horowitz, le chiflaba verlo moverse en Fiebre del sábado noche. Sin embargo la decepción llegó años después con Grease, que el pianista repudió porque «no mostraban a Travolta bailando lo suficiente». A Chaikovski lo que podías ponerle cada otoño en la mano era una cometa y lo hacías inmensamente feliz. Charles Ives con lo que disfrutaba era poniendo apodos a la gente. Su esposa recuerda cómo en un hotel inglés el músico se topó con un gatito en el pasillo y lo fue siguiendo a cuatro patas gritándole Little Willie Pickleface! («¡Guillermito cara de encurtido!»), que es 414 Preparado por Patricio Barros