Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 408
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
raya o el espacio intermedio, de forma que el que pierde se coloca en la raya
y comienza de nuevo el juego. Supongo que mis lectores se habrán quedado
indiferentes ante la mecánica de este juego al que ni a sus hijos habrán visto
someterse. Pero créanme que en el año 1832 aquello era la bomba, y si no
que se lo pregunten a Mendelssohn, Chopin, Liszt y Hiller cuando de esa
guisa se los encontró Clara Schumann en el Salón de los Artistas el 14 de
marzo de aquel año, minutos antes de estrenarse el famoso Octeto del
primero de ellos. Podría pasar si el cuarteto aún vistiera con pantalones
cortos, pero es que el más joven tenía veinte años y el mayor veintitrés.
Incluso dos de ellos iban a echar la raya definitivamente en la década
siguiente…
Los gritos de Arthur Rubinstein y los de Glenn Gould tenían una génesis muy
distinta. El primero, libertino como pocos, solía darlos en compañía y a
oscuras. Gould al rayar el alba, cuando se adentraba oculto en un bote en el
lago canadiense de Simcoe, para espantar a los peces en las cercanías de los
anzuelos. Se ve que era un amante del equilibrio en los ecosistemas, quizás
el único equilibrio que conoció en su vida. Pero su gran pasión eran las
casas. Cuando se hizo mayor compraba las ofertadas de mayor tamaño para
acabar huyendo de ellas porque se le caían encima, así que terminó optando
por las pequeñas. Más, más pequeñas de lo que piensan… ¡Más aún…! Me
refiero a las más diminutas que existen en el mercado. Gould se pasaba
horas y horas en su casa de Toronto tocando a Bach, pero cuando se
cansaba se tiraba en la alfombra y… daba gritos de alegría cuando ganaba al
Monopoly. Era uno de sus pasatiempos favoritos. Los gritos de Mahler
también daban que hablar y es que como arrendatario era un auténtico
tormento. Si alguien hubiera patentado una mordaza para acallar los
pensamientos hubiera encontrado en él un conejillo de indias insuperable,
pero cuando esos pensamientos brotaban en forma de música hacer callar a
Mahler era una auténtica quimera. Cuenta en sus Recuerdos su viuda Alma
cómo viviendo Gustav de joven en una pensión junto a Hugo Wolf y otro
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Preparado por Patricio Barros