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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
Fritz Reiner era bastante más comedido al respecto. Su amor por los gestos
minimalistas le convertía a priori en un tipo fiable, así que el percusionista de
su orquesta, situado como bien se sabe al fondo de la formación, no advirtió
peligro alguno en llevar prismáticos a los ensayos para no perder detalle de
sus movimientos y sus entradas. Hasta que un día Reiner sacó de un
cartapacio un diminuto papelito al finalizar un ensayo y se lo enseñó en la
distancia. El timbalista giró la ruedecita del aparato para afinar la lente y
leyó lo siguiente: «Está usted despedido». Todo un ejemplo de coordinación
entre empresario y trabajador.
Liszt adoptó la costumbre de meter dos pianos en el escenario para sus
recitales, pero por muy distintas razones técnicas a las de Anton Rubinstein,
ya que si en el caso de este era para permitir la reparación de las cuerdas
rotas, en el de Liszt era para permitir que el aforo completo del teatro gozase
del espectáculo de sus manos moviéndose a velocísimas ráfagas sobre el
teclado. Corría un 11 de abril de 1842 cuando tres mil espectadores
presenciaron anonadados aquella novedad circense en la Sala de la Nobleza
del Conservatorio de San Petersburgo. Así lo contaba el crítico Vladimir
Stasov: «Cuando concluyó la obertura y mientras el público aún continuaba
aplaudiendo se dirigió rápidamente hacia el segundo piano, que miraba en
dirección opuesta. A lo largo del concierto empleó los dos pianos de forma
alternativa, poniéndose así de frente a una mitad de la sala y luego a la
otra».
Al pianista y compositor Ignaz Moscheles, contemporáneo de Chopin, le
privaba mezclarse con los grandes nombres, aunque sólo fuera en su
enferma imaginación, y de ello dejaba testimonio uno de sus alumnos más
brillantes que supongo años después recordaría con sonrojo y tristeza las
palabras de su maestro: «Me contaron en el conservatorio [de Leipzig] —no
hice el experimento personalmente— que [Moscheles] daba a sus alumnos el
siguiente consejo: “Toquen mucho las obras de los viejos maestros: Mozart,
Beethoven, Haydn… ¡y yo!”. No garantizo la anécdota, pero sé que siguiendo
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Preparado por Patricio Barros