Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Página 362

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron antes que garrapatear eternamente mi nombre”». En otras ocasiones la humildad se aliaba con la lucidez musical y esto facilitaba los juicios autocríticos, esos juicios que Wagner solía meter de noche bajo la almohada para verlos muertos de asfixia al despertar. Otros músicos, no. Debussy dedicó a su hija Chouchou la obra para piano Children’s corner y no tuvo recato alguno en venderla a la posteridad a este bajo precio: «A mi querida pequeña Chou-Chou, con las cariñosas excusas de su padre por lo que sigue». Ravel iba por el mismo camino, y buena prueba de ello es lo que un día dijo al compositor francés Georges Auric: «Me gustaría contar con su colaboración. Quiero escribir un tratado sobre orquestación semejante al de Rimski con breves extractos de mi música, ¡pero para mostrar lo que no debe hacerse, las cosas en las que me equivoqué!». Debería haber un fake visual en el cuadro de La rendición de Breda donde en lugar de Ambrosio de Spínola y Justino de Nassau se colocase a George Gershwin y Maurice Ravel intercambiándose las partituras del Bolero y la Rapsody in blue en lugar de las llaves de Breda. Ambos rivalizaban a la par en humildad. Cuando, ya rico y famoso, Gershwin viajó a París en torno a abril-mayo de 1928 uno de sus deseos más apremiantes fue visitar a Ravel, al que había conocido un año antes en Nueva York. Cuando tras tocar una hora para él en su casa de Monfort pidió a Ravel recibir sus clases para perfeccionar la técnica el francés le respondió que algo así era imposible: «¿Por qué quiere ser usted un mal Ravel cuando ya es un excelente Gershwin?». Aquella falsa disputa les hizo amigos de por vida, una vida en la que se pusieron de acuerdo hasta para morir, ya que a ambos les quedaban nueve años para su canto de cisne, rindiendo su último aliento con una diferencia de cinco meses. Tras el fracaso de su aprendizaje con Ravel el americano quiso intentarlo con Stravinski, pero tampoco dio resultado. El caso es que las calabazas que daban a Gershwin eran muy atípicas, llevándose la palma la del ruso, ya que, preguntándole cuánto había ganado el año anterior, respondió el americano con inocencia que doscientos mil 362 Preparado por Patricio Barros