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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
Otro italiano que también puso sus barbas a remojar, y no sólo en el título
de una de sus óperas, fue Gioachino Rossini. Precisamente su Barbero de
Sevilla conoció en su estreno de 20 de febrero de 1816 (23 años) un fracaso
monumental. Se oyeron burlas, gritos y silbidos que tenían tanto que ver con
la música como con los numerosos errores en el escenario; incluso el propio
Rossini fue objeto de sonora burla por la «desapercibida» chaqueta color
avellana con botones de oro con la que acudió al estreno, parte del cobro de
sus honorarios. Tales razones sumaron el peso necesario para que no
acudiera a la segunda función, optando por quedarse en la habitación de su
hotel y perdiéndose de esa forma lo que ese día, váyase a saber por qué,
constituyó un éxito clamoroso. Se cuenta que oyendo Rossini una turbamulta
por la calle, y en la creencia de que al fracaso del estreno le había seguido
en buena lógica otro segundo, escapó del hotel, atravesó un patio y se
refugió en un establo anejo para evitar así el linchamiento que se avecinaba.
Cuando fue descubierto le dijeron que lo que se gritaba por la calle era, sin
embargo, cosas del tipo «Bravo, bravísimo Figaro», pero la respuesta del
descreído Rossini fue solemne: «A la mierda con sus bravos; no pienso
salir». Hasta el propio dueño del hotel le fue a buscar para persuadirle de la
necesidad de regresar a la habitación, dado que temía por la integridad de su
establecimiento, pero el músico se cerró en banda: era joven y quería vivir lo
suficiente para seguir componiendo unos cuantos años más. Se llegaron a
lanzar piedras contra la ventana de su habitación, de manera que esa noche,
según contó Rossini, durmió temblando de frío. El propio compositor referiría
a Wagner años después: «Tuve que huir ante la actitud de un público
verdaderamente extraviado. Bien creí que iban a asesinarme». Ya la había
armado años antes con su ópera Il signor Bruschino, compuesta a los
diecisiete años, sufriendo un tumultuoso estreno por culpa de los golpes que
daban los músicos con los arcos de su violín contra las lamparitas del atril y
la repetición de las sílabas en el canto del tartamudo Bruschino, algo que el
público consideró a caballo entre el escándalo y la trivialidad.
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Preparado por Patricio Barros