Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 288
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
Nuestro Joaquín Turina era un hombre hecho y derecho, aunque con una
visión de la comodidad un tanto desenfocada, ya que con veintiséis años
emprendió una excursión por Suiza que terminó con una ascensión al Mont
Blanc. No era la primera vez que alguien lo hacía, pero sí a buen seguro con
el abrigo puesto, calado en la cabeza un sombrero de hongo y con un
paraguas en la mano.
La tradición dice que en la vida hay que tener un hijo, escribir un libro y
plantar un árbol. Las tres cosas implican un esfuerzo notable, así que es
lógico que en el estresante mundo que nos ha tocado vivir la tradición toque
fondo y las bibliotecas estén vaciándose a la misma velocidad que los
paritorios. Bueno, hubo quien se decidió a obedecer, pero sin acertar un solo
dado bajo los tres cubiletes en ese juego de trileros. Durante una buena
parte de su vida Arthur Rubinstein se lió con los mandatos e hibridó las
oraciones, de manera que plantó la cuestión de los hijos, escribió en un árbol
los nombres de sus muchas amantes y tuvo un libro entre las manos de
forma más o menos permanente, como fueron las obras completas de
Chopin. Aventurero como era entendió que aquel triple mandato estaba tan
al alcance del hombre corriente que en el hombre de talento equivaldría a
enojosas disfunciones, así que rebajó de tres a dos los retos y les añadió
algo de emoción: la verdadera realización del ser superior estaba en retarse
en duelo y en asomarse al cráter del Vesubio. Y las dos acometió sin
temblores de pulso. La primera ya hemos visto que acabó como el final del
poema de Cervantes: «requirió la espada, / miró al soslayo, fuese y no hubo
nada». Pero la segunda propinó tal golpe de alivio al protagonista que se
pareció más bien al final de El mito de Sísifo, de Albert Camus: «Hay que
imaginarse a Sísifo dichoso». Así narra el propio Rubinstein su ascenso al
volcán junto a un guía en Mis años de juventud, cuando viajó en 1910 a
Nápoles para ofrecer un recital:
Por último, ya para llegar a la cima nos quedaba sólo un trecho
corto por recorrer a pie. Cuando di el primer paso me percaté
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Preparado por Patricio Barros