Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | страница 249
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
a su casa para tocar el piano y así «levantar un tanto el velo negro que
cubría sus días». Aquello le hacía realmente fuerte. Para Paderewski leer el
periódico no era un fuente de información, sino de oportunidades. En una
ocasión descubrió que un obrero había sido arrollado por un tren en las
afueras de Baltimore, causándole a él la muerte y a la viuda tal impacto
emocional que le provocó un parto prematuro, debiendo ser ingresada de
urgencia en un hospital donde, por falta de recursos económicos, iba a ser
dada de alta en breve. El pianista dejó el desayuno a la mitad, se vistió y se
fue directamente allí, pagó la cuenta, llevó a madre e hijo a un hospital
mejor dotado y les visitó a diario hasta el alta, tras lo cual les buscó un
alojamiento adecuado que él se encargó de pagar. Bien se ve que nada había
mejor que salir a pasear o abrir un periódico para tomar conciencia de las
insuficiencias del mundo. Cuando en 1885 Chaikovski adquirió una casita de
campo en la aldea de Maidonovo a donde poder retirarse para componer no
se encontró más que con niños desocupados, al no tener más escuela que lo
que la naturaleza les daba a entender a los ojos, así que lo habló con el
párroco y, enterado de que el problema era la falta de financiación, él mismo
subvencionó la construcción y mantenimiento anual de la escuela, que fue
inaugurada el 1 de febrero de 1886. Los ángeles no tienen sexo, pero sí
edad. Aquel tenía cuarenta y cinco años. Muy atrás quedaban los días en que
el zar Alejandro III había enmendado con él las lagunas de memoria de su
antecesor Alejandro I con Beethoven. Habiendo encargado a Chaikovski la
obra que había de estrenarse para su coronación (un caótico arreglo para
7.500 voces corales de —¡cómo no!— la opera de Glinka La vida por el zar)
el zar convino con él en hacerle un regalo valorado en mil quinientos rublos
que el compositor rechazó alegando que lo que necesitaba era dinero en
metálico para pagar sus deudas. La Casa Imperial hizo caso omiso de la
indirecta y le regaló un anillo de diamantes que Chaikovski se apresuró a
empeñar por trescientos setenta y cinco rublos. Los perdió esa misma noche,
junto con su cartera.
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Preparado por Patricio Barros