Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Seite 248
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
hablarle del libro de Charles Dickens, Grandes esperanzas, sólo que Herr
Direktor, por compasión, se callaba el título verdadero: Falsas esperanzas.
De esta grandeza de Gustav Mahler hablaba Bruno Walter, siendo testigo de
cómo cayendo gravemente enfermo un miembro de la Orquesta de la Opera
de Viena Herr Direktor no sólo le ayudó financieramente, sino que propuso
renovarle el contrato para generar en él la falsa expectativa de que la vida
aún le iba para largo. De mayor Gustav Mahler fue un bicho raro que quizá
no se prodigó tanto por su generosidad como por su sensibilidad, pero de
niño aunaba ambas virtudes. El arquitecto alemán Theodor Fischer, nacido
sólo dos años después que el músico, llegó a conocerle muy bien, y de él
decía que «en los últimos años de su infancia no podía pasar delante de un
mendigo sin darle limosna».
Quizá porque Pablo de Sarasate era un miope entrañable se sentía en la
misma cuerda de los ciegos, y así es como hizo de ella la quinta cuerda de su
violín un día que paseaba por Pamplona con el tenor Julián Gayarre y se topó
con un invidente que pedía limosna con la magra ayuda de su violín. La
cajita estaba prácticamente vacía, pero Sarasate cogió con amor los bártulos
del hombre, se colocó en su sitio y minutos después las monedas
desbordaban tanto la caja de cartón como la caja torácica del ciego,
henchido de alegría. Joseph Joachim también tuvo que hacer la calle para
Wieniawski. Me refiero al pasillo central de un patio de butacas. Cuenta
Arbós cómo durante su último concierto en público el polaco sufrió una grave
indisposición que le impidió continuar, de manera que Joachim, sentado
entre el público al igual que muchos otros decanos del instrumento, se
levantó raudo y sin pensárselo dos veces saltó al escenario para seguir
donde Wieniawski lo había dejado y evitar un desastre recaudatorio con la
devolución de las entradas.
La debilidad de Paderewski no era practicar diez horas diarias, sino practicar
el amor al prójimo. Lo hizo con un buen amigo como era Joseph Pulitzer
(padre de los famosos premios) cuando se quedó ciego, acudiendo a menudo
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Preparado por Patricio Barros