Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 225

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron sorbos de una botella de coñac que le llevó al hospital como regalo dejó huérfano pocas horas después a Boris Godunov. Sus últimas palabras fueron: «¡Es el final! ¡Qué desgracia!». Quince minutos después cruzaba la Gran Puerta de Kiev con que siete años antes había cerrado sus Cuadros para una exposición. Anton von Weber ni siquiera pudo llegar a decir lo de «esta boca es mía» cuando la arruinó al beberse por error un vaso de ácido nítrico. A su colega Alban Berg no le ayudó a morir un amigo, sino su abnegada esposa, que le extirpó un molesto forúnculo con unas tijeras caseras previamente hervidas, lo que degeneró en una septicemia. Ingresó en el hospital el 17 de diciembre de 1935 y murió el 24 con cincuenta años. Siento decir (porque tengo buenos amigos entre ellos) que a Enrico Caruso no le ayudaron a morir ni sus amigos ni su esposa, sino los médicos, y ello por algo muy en boga hoy en día: los errores de diagnóstico. El 11 de diciembre de 1920 cantaba en el Metropolitan L’Elisir d’Amore cuando en el primer acto tuvo una hemorragia, debiendo suspenderse la ópera. Su médico personal le tranquilizó anunciando que su lengua había sido sometida a notables esfuerzos y ello había conllevado la rotura de un vaso sanguíneo. Aliviado por el pequeño cuadro cantó el día 13 La Forza del Destino y el 16 Sansón y Dalila. Los dolores se recrudecieron a nivel del costado y su médico adjudicó esta vez al cuadro otro marco equivocado: una neuralgia costal. Como seguía sin ser gran cosa el 24 de diciembre cantó La Juive (La judía), ópera de Halèvy. Al día siguiente los dolores eran insoportables, de manera que se prescindió del dudosamente titulado facultativo y se acudió al hospital, donde se le diagnosticó una neumonía secundaria a una pleuresía que requirió de varias intervenciones quirúrgicas sólo aptas para retrasar la bajada del telón el 2 de agosto de 1921. El amor por los caballos llevó a una de las sopranos más amadas de todos los tiempos a pagar con la vida su afición. Picasso decía que la inspiración existía, pero debía encontrarte trabajando. Para encontrar a Maria Malibrán había que buscarla en los escenarios o en los establos. La felicidad le iba 225 Preparado por Patricio Barros