Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Seite 184

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron aquellos que las confundían con un velatorio, y es que para él no había más fiel exponente de la memez que enfrentarse a un público más ocupado en llorar que en aplaudir. Hay una carta de Bettina Brentano, tan amiga de Beethoven como de Goethe, en la que cuenta cómo este último le describió parte de una conversación que tuvo en un encuentro con el músico, confesándole este lo mucho que le extrañó que en un recital ofrecido en Berlín no aplaudieran al final, hasta que vio cómo en todas las manos había un pañuelo para enjugarse las lágrimas. «Pero esto resultó indiferente a un grosero entusiasta como yo —aseguró Beethoven al escritor—; comprobé que había tenido un auditorio romántico, pero en absoluto artístico». Esta reacción es rigurosamente creíble y casa con la que ya tuvo ocasión de contar el pianista Carl Czerny, al presenciar cómo durante sus improvisaciones al piano en las reuniones de sociedad todos se deshacían en lágrimas en lugar de en elogios, así que él se volvía hacia el público y con una risotada les mandaba un diagnóstico gratis: «¡Estáis todos locos!». Debussy sólo admitía en su círculo a gente muy cercana, de forma que la súbita llegada de extraños a una casa, aunque no fuera la suya, la afrontaba como una agresión imperdonable. En sus recuerdos para la Revue Musicale de 1926, Marguerite Vasnier, hija de su protector juvenil y en cuyo hogar Debussy había vivido un tiempo, hablaba de él como «un joven muy sombrío, muy susceptible e impresionable hasta un grado sumo; cualquier insignificancia le ponía de buen humor, pero también cualquier cosa pequeña le enojaba y enrabietaba. Extremadamente huraño, no ocultaba su descontento cuando mis padres recibían, lo cual le impedía visitarnos, ya que no aceptaba encontrarse con gente de fuera». Ni siquiera un congénere dotado de talento como Marcel Proust era capaz de sacar al oso de su guarida. Cuando le invitó a las veladas literarias que ofrecía en su casa el músico se excusó con esta nota: «Perdonad que no acuda a vuestra cita porque, como tal vez sepáis, soy un oso». 184 Preparado por Patricio Barros