Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 182
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
Del pánico a morir a las ansias por matar. Convulsiones, auténticas
convulsiones le daban a Debussy cuando alguien tocaba su música
demasiado fuerte; ante un intérprete el francés prefería seguir la fidelidad al
original no con la partitura en la mano, sino con un medidor de decibelios,
quizá porque el original no estaba tanto en aquella partitura cuanto en su
cabeza. Él mismo ofreció muy pocos conciertos en público, pero en uno de
ellos dejó muy claro qué sector del público iba a escuchar algo y qué otro
apenas nada cuando en la Sala Erard de París el asistente levantó la gran
tapa del piano y lo primero que hizo Debussy al salir fue bajarla
notablemente cabreado. Cuenta el pianista George Copeland que cuando le
conoció en su casa Claude le pidió que tocara algo para él. El intérprete tuvo
sus reparos acerca de qué manera conducirse, al advertir que el piano tenía
la tapa bajada y cubierta por una seda, todo ello coronado por un florero
esmaltado de muy pesada apariencia para que no hubiera lugar a dudas
sobre cuál era la intensidad que el dueño de la casa y de la pieza deseaba.
Cuando Copeland probó fortuna y le pidió permiso para moverlo la reacción
de Debussy siempre sería recordada por el pianista con un estremecimiento:
«Absolument non! ¡No lo toque! Nunca permito que se abra mi piano. Es así,
todos interpretan mi música muy fuerte».
En los últimos años de su vida el pobre Schumann no se trabajó la fobia a la
gente como desecho ni a la muerte como hechura, sino (ironías del destino)
hacia los manicomios, por el temor a acabar recluido en uno de ellos, como
así fue. Cuando Ferdinand Hiller le escribió para anunciarle que cesaba y le
cedía gustosamente su puesto de director orquestal en Düsseldorf lo primero
que hizo Schumann fue consultar una enciclopedia y verificar si entre sus
edificios más notables había manicomios. La consulta le dejó desplomado.
Había tres conventos y, fatalidad, un asilo para enfermos mentales. La
respuesta no se hizo esperar. «Como sabes —escribió a Hiller—, debo
cuidarme de tener experiencias que me lleven a volverme melancólico. Lo
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Preparado por Patricio Barros