Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Seite 180
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
disparó a bocajarro: «¡Dios quiera que te parta un rayo!». El rayo obedeció y
le partió ocho años después en la iglesia La Madonna dei Pratti, dejando a
aquel «sacerdote miserable» (dixit Verdi) sentado contra la pared con el
pulgar apretado contra una fosa nasal en el momento de inhalar rapé y, unos
segundos después, polvo estelar.
A Wagner la audición de Der Freischütz (El cazador furtivo), de Weber, no le
hacía saltar de la butaca, sino esconderse bajo ella. Cuenta en Mi vida cómo
siendo niño asistió a una representación y le inspiraron tal pavor algunas
escenas que nació en él un miedo a los fantasmas que le duró el resto de la
infancia, toda la pubertad y parte de la adolescencia, llegando a ver moverse
los muebles de su habitación en un pánico que a duras penas conjuraba
gritando bajo las sábanas.
Algunas
supersticiones
eran
inquietantemente
reales
y
con
lóbregos
resultados levantados por fedatarios públicos y privados. Esto ocurría con
determinadas piezas que, literalmente, estaban llamadas a matar de gusto al
oyente. Arthur Rubinstein y la marcha fúnebre de la Sonata nº 2 de Chopin
formaban, por ejemplo, un tándem letal, de tal modo que quien se la pedía
en audición debía tener hechas las paces con Dios y el testamento con el
Notario, dado que el peticionario moría irremisiblemente. Ya le había ocurrido
una primera vez y no necesitó una tercera para ir vencida la superstición. La
segunda convirtió la casualidad en causalidad, siendo la víctima Peter
Bergheim, uno de los patrocinadores del Festival Wagner en Bayreuth.
Cuenta Rubinstein en Mis años de juventud cómo «un día recibí una carta
con las más infaustas noticias. El señor Bergheim había muerto en un
accidente de circulación; su esposa, que iba con él, sólo había sufrido
contusiones sin importancia. ¡Aquel viejo de mi alma, caballero entrañable!
Lloré como un niño sintiéndome culpable por haberle tocado la malhadada
Marcha».
Quien también lloró como un niño cuando murió Mahler fue su amigo el
director Bruno Walter, a quien el compositor le había confesado su pánico a
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Preparado por Patricio Barros