Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Seite 168

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron en la muerte se le erizaban a un tiempo todos y cada uno de sus 198 centímetros; su pánico al último aliento era tal que en toda su vida se limitó a abrir la boca en contadas ocasiones. En 1917 (44 años) le confesaba a Marietta Shaginian: «No puede uno vivir cuando está marcado para morir. ¿Cómo puedes tú soportar el pensamiento de que algún día has de morir?». Seguía descubriendo la Shaginian cómo en 1916 el pianista sufría… … un inexplicable temor a la muerte. Recuerdo cómo le rogaba a mi madre que le adivinara el porvenir y le dijera cuánto tiempo le quedaba aún de vida […]. Mientras hablaba así estaba comiendo cacahuetes que, sabiendo lo mucho que le gustaban, siempre los teníamos reservados para él. Miró el plato vacío y dijo: «Gracias a los cacahuetes ha desaparecido mi temor. ¿No sabéis dónde habrá ido a parar?». Así fue como mi madre le obsequió con un saco entero de cacahuetes, para llevarlo consigo a la manera de un talismán contra el temor a la muerte. Durmiendo con la partitura contra el pecho Pero no al modo de un desfibrilador, no se vayan a equivocar. No estaba reñido el que una partitura fuera fuente de ingresos y a la vez de preocupaciones, porque si ya era una irresponsabilidad morirse más lo era permitir vivir a los demás dejándose copiar las obras. Morirse era difícilmente evitable, tanto como dejarse plagiar en unas épocas en que los derechos de autor aún andaban reclamando servidumbre de paso en el limbo de los derechos no nacidos. Mozart tenía pánico a que los copistas de sus obras pusieran bajo ellas papel de calco para luego hacerlas pasar por obras de un tercero, de manera que les obligaba a hacer su trabajo bajo su vigilancia. Paganini padecía del mismo terror diurno, evitando escribir las cadencias para que ningún compositor se las plagiase, así que cuando en los ensayos llegaba ese momento, en lugar de tocarla, decía a los músicos: «Etcétera, 168 Preparado por Patricio Barros