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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
salía vivo, lo hacía notablemente rejuvenecido. En carta de 26 de enero de
1923 escribía desde Viareggio a su gran amiga y confidente Sybil:
Creo que en marzo iré a Viena a ver a ese médico. He
conocido aquí a un caballero sudamericano de sesenta y dos
años que me dijo que la operación no es nada en absoluto y
que los beneficios son extraordinarios. Dice sentirse como si
tuviese otra vez veinticinco años, y que ya no le cansa
caminar, que su mente está lozana y ágil, etc. ¿Por qué no
hacerlo yo también? Querida mía, mi vida es mía y significa
todo para mí… ¿Por qué no entonces? ¡Tengo tanto miedo y tal
horror a la vejez!
Le faltaban para morir poco menos de dos años, a los sesenta y cinco. Aún
siete meses antes de su fin quería consultar en París con Serge Vóronov,
famoso por rejuvenecer a los ancianos injertando en sus glándulas
reproductivas las de los simios, y lo cierto es que Puccini se habría sometido
a esta intervención de no ser por los riesgos anestésicos derivados de su
diabetes.
Wagner miraba de frente a la muerte y la verdad es que se le torcía un ojo,
pero no hacia sus seres queridos, sino hacia sus obras. Eran estas a quienes
realmente temía dejar huérfanas. Cuando el 13 de enero de 1882, sólo un
año antes del fin, anotó los últimos compases de su Parsifal, Cósima escribió
en su Diario: «Más tarde, durante la cena, nos sentamos alrededor de la
mesa y él nos dijo que con esta, como con todas sus obras, había vivido
asediado por
el
temor
permanente de
que
la
muerte le impidiera
terminarla».
Cuando se tienen muchos centímetros de estatura tal parece que la reacción
que empieza por el primero difícilmente es capaz de llegar al último, por
pereza, por fatiga o porque, ya en destino, el estímulo hace tiempo que ha
desaparecido. No era el caso de Serguéi Rachmaninov, que cuando pensaba
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Preparado por Patricio Barros