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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
como también en 1833 con la muerte de su hermano Julius. Su terror a pisar
un cementerio estaba muy por encima del último tributo que debía rendir a
los muertos, de manera que el único lugar al que se dignaba a acompañarles
era a las puertas de una partitura. A Anton Bruckner sin embargo le hubieran
parecido ridículas aquellas estampidas. A fin de cuentas ya había dicho el
monje Notker Balbulus en la Edad Media: Media vita in morte sumus. O sea,
‘somos mitad vida, mitad muerte’. Y la verdad es que a Bruckner no le
disgustaba ni la una ni la otra. Puestas sobre un grill les daba vuelta y vuelta
y ninguna le quemaba ni se le quemaba. Es más, sentía un morboso
atractivo por la muerte en su apetencia por contemplarla de cerca, todas
salvo la suya, claro. Prueba de ello es la precipitada visita que hizo a la
morgue para ver los cuerpos carbonizados de varias personas que se
hallaban en un teatro que resultó incendiado; en aquel mismo lugar, como si
de un Hamlet cualquiera se tratarse, había intentado tiempo atrás burlar la
vigilancia del bedel para apoderarse del cráneo de su tío, el compositor y
maestro suyo Johann Baptist Weiss. Otra vez, en junio de 1867 (42 años),
estuvo a punto de sacar un billete a México con el único propósito de
contemplar el cuerpo del asesinado emperador Maximiliano.
Puccini empezó a ver el rostro de la muerte en todas las cosas antes de
cumplir los cincuenta, y no le ayudó precisamente el oficio de componer
óperas, en las que aquella campaba a sus anchas como rentable personaje
para asegurarse el éxito. La infalibilidad del ciclo de la vida le ponía enfermo,
y más cuando se refería a él. Por esa razón aborrecía los programas de mano
de los conciertos: «Detesto ese “Puccini nació en…” —decía—. Siempre me
recuerda que dentro de pocos años se agregará: “murió…”». Como una
oferta inserta en aquel precio maldito a pagar el maestro también tenía
miedo a envejecer. El día más feliz de su vida no tuvo relación con ningún
telón triunfal, sino cuando oyó hablar de un cirujano vienés que había
convertido su quirófano en una especie de túnel del tiempo del que, si uno
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Preparado por Patricio Barros