Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Seite 158

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron es que, como ni Edison ni Joseph Hoffmann habían nacido todavía, quien se ocupó de traer al mundo el artilugio fue un maestro de Leipzig, Karl Julius Simon Portius, quien lo bautizó con el nombre de psicómetro. La salvación para un tipo tan complejo como Schumann estaba en discernir y poner remedio al conflicto de sus pautas de comportamiento, y como la máxima socrática de conocerse uno a sí mismo era en su caso un laberinto más inextricable que el del Minotauro bendijo al cielo cuando Portius arribó a Leipzig anunciando que traía consigo la panacea para recolocar las piezas a los chiflados sin margen de error. Schumann se tomó muy, pero que muy en serio la utilidad del artilugio, describiéndolo como un aparato que revelaba a través de fuerzas magnéticas los rasgos del carácter, de manera que, puesto el sujeto en «relación magnética» con la máquina, se le entregaba una barra de hierro, la cual era atraída por el magneto si el sujeto presentaba una especial característica introducida previamente en su registro. Lo raro es que el armatoste no hubiera saltado por los aires cuando Schumann se sometió a la prueba, y más raro es que su funcionamiento tuviera algo de plausibilidad cuando la barra reaccionó con violencia a los caracteres «callado», «tímido», «sensible», «original» y «predominantemente emocional», como también (¡sorpresa!), «hipocondriaco». Richard Strauss dudaba que entre las capacidades de Dios estuviera la de llevar la contabilidad de todos los pelos existentes, aunque con Gershwin lo tuviera más fácil que con la generalidad. El caso es que Strauss aborrecía el cristianismo y, de hecho, su Sinfonía alpina estuvo a un cuerno de titularse El Anticristo, una sinfonía de los Alpes, idea que seguramente Pauline le quitó de la cabeza, con acierto una vez más. En una carta a Hugo von Hofmannsthal de enero de 1915 (50 años) le confiesa no haber abandonado la esperanza en una humanidad mejor, «acaso —matizaba— cuando el cristianismo haya desaparecido de la tierra». Para Shostakovich sin embargo lo terrible no se hallaba en que una máquina le apretara el cuero cabelludo, sino en que una mano demasiado larga le apretara hasta adueñarse de su 158 Preparado por Patricio Barros