Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Seite 152
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
bárbaro contrasentido, y por el que el autor puede ser maldecido hasta la
consumación de los siglos». Con Bach no había nada que hacer; Berlioz le
aborrecía hasta el punto de intentar curarse presenciando su concierto para
tres pianos a cargo de Liszt, Chopin y Hiller, pero el diagnóstico siguió siendo
el mismo: desgarro fibrilar en el órgano del gusto. Aquel día escribió en una
carta: «Era conmovedor, te aseguro, ver a tres talentos tan admirables,
llenos de fuego, brillantes de vitalidad juvenil, reunidos para reproducir esta
salmodia estúpida y ridícula». A Mozart, por su parte, le regurgitaban las
arcadas cada vez que escuchaba una sonata de su contemporáneo y rival
Clementi. Para escribir la carta a su padre el 5 de junio de 1783 no cogió la
pluma, sino el martillo y el cincel: «En ellas no hay pasaje alguno notable si
se exceptúan las sextas y las octavas […]. Clementi es un charlatán, como
todos los italianos […]. Lo que hace bien son los pasajes en terceras; en
Londres se ha desahogado tocándolos día y noche. Pero fuera de esto no
tiene nada, absolutamente nada; carece por completo de buena dicción y no
tiene gusto, menos aún sentimiento». Sólo conozco una alusión tan cruel
como esta, la del escritor García Márquez al referirse a Canaima, la novela
del venezolano Rómulo Gallegos; cuando le preguntaron qué le parecía esta
obra él la ridiculizó diciendo que en ella había una descripción de un
papagayo que estaba muy lograda. Cuando Stravinski tiraba los dados sobre
la Ariadna auf Naxos de Richard Strauss no le salían precisamente terceras.
Esta
ópera
le
producía
un
saludable
deseo
de
dormitar,
pero
en
determinados momentos le despertaban extrañas pesadillas en forma de
acordes: «No soporto el acorde de cuarta y sexta de Strauss. Ariadna
despierta en mí el deseo de chillar». El propio Strauss fue usado como ariete
por Debussy para embestir por la mitad al intocable Ferruccio Busoni, cuyo
concierto para piano exasperaba al francés por la pretenciosidad de sus
dimensiones. A principios de 1914 escribía desde Rusia a su mujer, Emma
Bardac: «Un tal Busoni toca un concierto que dura una hora y diez minutos…
Ya te puedes figurar que el autor es él mismo. A juzgar por la partitura es
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Preparado por Patricio Barros