Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 139

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron juventud Titus Woyciechowski ya le confesaba por carta: «No te puedes figurar el martirio que paso ya desde tres días antes de tocar en público». Liszt también recogió un desahogo similar: «Yo no sirvo para dar conciertos porque el público me intimida: me siento asfixiado por esos alientos, paralizado por esas miradas curiosas, mudo ante esas miradas extrañas». Shostakovich también aborrecía los escenarios. No otra cosa podía esperarse de un talante tan tímido como el suyo, por no hablar de la escasa colaboración que representaba la madeja de nervios y tics que hilaba y deshilaba con más tino que Penélope a su rueca. En 1955, con cuarenta y nueve años, escribía a uno de sus alumnos refiriéndose a su actividad como concertista de piano: «Doy muchos conciertos, pero apenas si disfruto. Todavía no me he acostumbrado al escenario. Cuando cumpla cincuenta años dejaré de darlos». Los cumplió, se traicionó a sí mismo y siguió con su actividad pianística por las mismas razones que Rachmaninov: crematísticas. Lo cierto es que siempre llevó al pecho aquella cruz, y sus temores fueron agigantándose a medida que los años fueron cayendo en un saco que estaba lejos de romperse. Stravinski contaba a su biógrafo y amigo Robert Craft cómo en su tercer encuentro con Shostakovich le confesó: «No sé qué hacer para vencer el miedo a actuar en público». La confidencia era de octubre de 1962, contando el compositor cincuenta y seis años. Este temor se consolidó con el paso del tiempo, y así es como el 28 de marzo de 1964, en la última ocasión que actuó como pianista tocando algunas obras propias con la soprano Galina Vishnievskaia (esposa de Rostropovich) y el bajo Yevgueni Nesterenko, llegó lo que todos temían. Lo cuenta Galina en sus Memorias: La tarde del recital no sólo estaba nervioso, sino verdaderamente angustiado. La idea de que sus manos le fallasen le producía pánico. Se paseaba desconcertado entre bastidores de un lado para otro sin saber qué hacer. […] Tras el concierto, que se desarrolló brillantemente, se me acercó un Shostakovich radiante. «Galina, nunca he sido tan feliz» […] 139 Preparado por Patricio Barros