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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
pero aún más repulsa sentía por la clase noble. Richard Strauss fue testigo
de las iras que despertaba en él ver a la nobleza en sus conciertos
auscultando su música con la misma ignorancia que exhibirían con un
estetófono en las orejas. Prueba de ello es que durante un ensayo de la
Novena de Beethoven hizo que el contrafagot tocase solo durante tanto
tiempo como fue preciso hasta que, aburridos, los nobles abandonaron el
teatro airados por la afrenta.
¿Qué culpa tendrá entonces la gente, así concebida, como masa informe,
abolidas sus singularidades? Los músicos no dependían de la gente, de la
«chusma» como la llamaba Menuhin, sino de una suma de individuos que,
correctamente estabulados en el aforo de un teatro, pasaban perfectamente
por mansa ganadería. En unos casos se la despreciaba; en otros se la temía.
Demasiados ojos pesando sobre los dedos a la espera de un patinazo
neuronal
o
digital.
Entre
los
que
la
aborrecían
estaba
un
ser
maravillosamente dotado para la música, los idiomas, las ciencias y todo lo
que se pusiera por delante: el pianista polaco Carl Tausig, uno de los
grandes protegidos de Liszt, muerto prematuramente a los veintinueve años.
La pianista Amy Fay reconoció cómo Tausig le había confesado en el último
invierno antes de su muerte (1871) que «la sola idea de tocar en público le
resultaba
insoportable»,
pero
no
tanto
por
inseguridad
como
por
misantropía. Pero entre los que temían a aquella ganadería, no tanto por su
cornamenta cuanto por sus temibles cuatro estómagos, era el pianista Adolf
von Henselt, uno de los puntales interpretativos del siglo XIX, notable
corredor además en la distancia corta. Le aterraba hasta tal punto el público
que optó por abandonar los escenarios poco después de los cincuenta años.
Cuando tocaba con orquesta solía esperar entre bambalinas a que el tutti
inicial terminara y entonces entraba corriendo a tocar su parte, aterrizando
literalmente sobre la banqueta. Para Chopin tocar en público entrañaba una
puesta a punto ante lo que bien podía ser una ejecución cuyos verdugos
ocupaban todas y cada una de las butacas del teatro. A su amigo de
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Preparado por Patricio Barros