Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 137

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron alejamiento de la ciudad y hasta la prohibición de escucharle por la radio desde la ciudad limítrofe. Pero los problemas de Gould no se acababan con la última nota, sino que seguían con los que la daban fuera del teatro. En 1964 (32 años) reconoció que: «Justo después de un concierto me tomo una pastilla para curarme de ese contingente de majaretas que me siguen de un sitio a otro». El violinista Fritz Kreisler se curaba de la gente no con pastillas, sino con pasta. Una vez soltó: «Mi caché es de mil dólares por concierto; tres mil si incluye una fiesta». Para Bizet la repugnancia pesaba más que el dinero en la balanza de sus principios, y así reconoció a un compositor belga: «Yo toco muy bien el piano, pero vivo mal, pues nada en el mundo podría decidirme a hacerme escuchar en público. ¡Encuentro odioso ese oficio de ejecutante! Aunque es una repugnancia ridícula que me cuesta quince mil francos al año». También Mahler se resentía del público en sus conciertos, público del que hubiera prescindido tranquilamente con un buen barrido de su batuta. Ya a finales del siglo XIX, en los seis años que pasó dirigiendo en Hamburgo, calificaba al teatro de verdadera «institución penitenciaria» donde perdía miserablemente un tiempo que mejor debía invertir en crear. El público no merecía una sola gota de su sudor sobre la tarima: «Quemo todas mis fuerzas en estudiar y preparar los conciertos hasta el último detalle, hasta que todo funciona y fluye de un solo trazo… ¿Y para quién? Para manadas de borregos que los escuchan con las cabezas vacías y sin sacar ningún provecho de ellos, a los que la música les entra por un oído y les sale por el otro». ¿Y qué decir de los músicos? Para aquellos músicos la música era una liberación; finalizar los ensayos para irse a sus casas, también. Decididamente, Mahler era capaz de lo mejor y de lo peor. De lo que era capaz Hans von Bülow era de ver muy lejos en las salas de concierto, y es que en pleno recital alzaba la vista del teclado, giraba la cabeza y establecía con todo el auditorio una conexión visual cargada de irascibilidad y reproches. Odiaba al público y la mediocridad que como masa representaba, 137 Preparado por Patricio Barros