Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 130
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
virtuosos viajeros, quienes desperdician la mejor parte de sus vidas en busca
de la fama y el dinero, rechinan los dientes en la oscuridad». Su segunda
preferencia para aclarar de esputos la garganta era, sin embargo, un
santuario fuera de toda duda: Viena. De ella dijo que, una vez soltado en sus
calles, «podría escupir sobre todo si el escupir no se multara tan
severamente». Beethoven no era tan recatado como Busoni, y de hecho
regaba a salivazos cualquier palmo de suelo cuando le venía en gana,
incluyendo el de las casas de sus amigos, así que mucho más el de aquella
diabólica ciudad que aborrecía hasta el tuétano. Su médico, Karl von Bursy,
le rememoraba de esta forma: «Me habló de Viena y de su vida aquí. La
rabia hervía en él. Ataca todo, está descontento de todo y maldice a Austria
en particular y a Viena sobre todo. Habla rápido y con gran animación. A
veces golpeaba el piano con el puño con tanta violencia que resonaba toda la
habitación. No tiene ninguna moderación». Un diagnóstico muy fiable… Un
día confesó Beethoven al compositor suizo Von Wartensee que el odio hacia
Viena era superior a la necesidad de una estabilidad domiciliar y que no
albergaba mayor deseo que abandonarla: «Desde el emperador hasta un
limpiabotas, ningún vienés vale nada».
Con la batuta en la mano y el termómetro en las axilas
Pero si de hipocondriacos hablamos el catálogo cuenta con un protagonista
indiscutible: Glenn Gould. Si existiera un paseo de la fama reservado para
los músicos en cualquier gran capital europea, en la parcelita reservada a
Glenn no se verían las líneas de sus manos, sino los pliegues de unos
guantes. Glenn no desnudaba sus manos ante otro amante que no fuera un
teclado, y cuando se miraba el ombligo no lo hacía por una cuestión de
egolatría, sino de forensía. Glenn se exploraba a sí mismo no en busca de
oportunidades, sino de bultos. Glenn no huía de la gente por temor a ser
amado, sino por temor a ser contagiado. Si Bruckner llevaba cuenta de todas
las mujercitas con las que había bailado, Glenn la llevaba de cada pelo que
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Preparado por Patricio Barros