Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 127

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron un complicado asunto para él, así como reservar habitación en un hotel». Eso sí, su habilidad para saltar de un andén a otro le había hecho inmensamente rico… El pianista Claudio Arrau era otro ejemplo de carestía tecnológica, teniendo en cuenta que a sus setenta y siete años seguía sin saber conducir, ni hervir un huevo, ni manejar un tocadiscos. Vamos, un intelectual a la vieja usanza; sin embargo los de hoy te desmontan la placa base del ordenador en medio minuto y son capaces de repararla con los ojos vendados con sólo encomendarse a la diosa Nanotecnia. Maurice Ravel era otro de los que empleaban una media hora larga lo mismo para atornillar medio centenar de compases a un pentagrama que una manilla a una puerta. Componer lo hacía en un abrir y cerrar de ojos; para lo demás ya no era capaz de abrirlos. Su amigo y discípulo Roland-Manuel comentaba que su destreza manual era muy poco envidiable, realizando las acciones más simples de la forma más torpe, pero capacitado, sin embargo, para insuflar vida a las migas de pan, con las que hacía figuritas maravillosas. ¿Una gira en Londres? ¡Vuelva usted mañana! La ciudad que concitó más hostilidades entre compositores e intérpretes fue esa, Londres, pero no por su superioridad histórica, ni por sus fábricas contaminantes o por las delicadas maneras de su gente, sino… ¡por la niebla!, un velo más que tupido contra aquellos ojos que estaban acostumbrados a mirar, no a bizquear, haciéndola insoportablemente inhóspita y hasta maldita. Si César vino, vio y venció, los músicos, cuando llegaban a Londres, cerraban los ojos, tocaban y se marchaban de inmediato. Unos meses antes de morir, Chaikovski pudo conocer Londres con motivo de un doctorado honoris causa que su universidad le concedía, pero a su regreso, con jirones de niebla enroscados todavía entre los dientes, dijo de ella que era «una de las peores y más feas ciudades» que había visto nunca. Treinta y ocho años antes la cosa pintaba igual de opaca. Cuando Wagner 127 Preparado por Patricio Barros