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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
Debussy se sumó a ese grupo de desvalidos. Cuenta su mecenas André
Poniatowski que en 1892 (30 años) «ninguna de sus obras había logrado
todavía llegar al gran público, y sus clases de piano a cinco francos la hora,
dinero con el que se procuraba el pan de cada día, le exasperaban
enormemente». Llegó un momento en que pudo darlas a razón de veinte
francos la hora, pero renunciaba a ello alegando cualquier excusa banal.
A Busoni le pillaron en Zúrich dos guerras: una propia, como era la de
superar el trauma de cumplir cincuenta años, y otra ajena, deliberadamente
ajena y tan inevitable como la anterior: la Primera Guerra Mundial. Por
entonces ya aborrecía dar conciertos, y como de algo había que vivir en un
país tan caro como Suiza, su amigo el director Da Motta Vianna le sugirió dar
clases de piano, solución que Busoni descartó ipso facto por aborrecer ver en
sus alumnos las mismas cuitas y fatigas que él había soportado en sus
inicios, así que resistió heroicamente tirando de ahorros y estirando lo
puesto.
Los manuales de instrucciones: una partitura sin notas
Había otra clase de fobia muy común entre los músicos, y es que si muchos
de ellos estaban reñidos con Wagner o con los balances contables, otros lo
estaban con la tecnología, incluso la más rudimentaria. Si el eslogan del
cobarde es «pies, para qué os quiero», el de estos valientes era «manos,
¿para qué os necesito?». Beethoven tenía un amigo de doble filo que veló
por ordenar sus manuscritos en aquella especie de zoco que era su
apartamento, pero también por dejar a la posteridad un retrato de familia, él
siempre en el centro, y alrededor los hijos de sus entrañas, las partituras,
pero también las entrañas de sus hijastros: ¡los cachivaches! «Beethoven era
en toda su apariencia muy torpe y desmañado —afirmaba Ferdinand Ries—;
sus movimientos no tenían gracia ni destreza. Rara vez cogía entre sus
manos un objeto sin romperlo o dejarlo caer. A menudo volcaba su tintero
sobre el piano, próximo al pupitre donde escribía. Ningún mueble, sobre todo
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Preparado por Patricio Barros