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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
ocaso de los dioses. Sentimientos encontrados. Con el viperino Debussy no
cabían las sorpresas: había nacido con veneno en el anillo y no había ópera a
la que no diera un poco de brebaje. El oro del Rin ya era para él una
equivocación desde el título, ya que con él Wagner no se había pasado tres
pueblos, sino tres aleaciones. Así es como decía que «a las dos horas uno
duda entre las ganas de escapar y las ganas de ponerse a dormir». Tampoco
perdió Balakirev la oportunidad de arrojar su piedra cuando juzgó su música
«tan canalla como el asunto Dreyfus». En cuanto a Richard Strauss, que era
un mago de la instrumentación, no se sabe si por competencia (léase lex
artis) o por competencia (léase malévola rivalidad) aconsejaba a los jóvenes
músicos que para aprender a orquestar no estudiasen las partituras de
Wagner, sino la de Carmen. Tampoco las óperas del alemán eran horma para
el zapato de Verdi, quien llevaba buena cuenta de todo aquel que de forma
directa o indirecta tuviera algo que ver con su música. Aquella lista la
encabezaba un felón, el director de orquesta Angelo Mariani, con la afrenta
doble de que el citado sujeto no sólo amaba oficialmente a Wagner, sino
también y con la misma descarada oficialidad a quien era amante oficiosa de
Verdi, Teresa Stolz, estando este casado con Giussepina Streponi. Cuando,
en lugar de dirigir alguna de las más de quinientas óperas del repertorio
conocido, Mariani optó en 1870 por hacerlo con Lohengrin se puso su frac,
cogió su batuta y no se adentró en el foso, sino en su tumba, porque una vez
supo Verdi de aquella impostura le retiró la palabra y la amistad, reveses
ciertamente superables, pero cuando en 1872 dirigió Tannhäuser en Bolonia
sin haber prescrito aún el delito de 1870 lo expulsó directamente del Palazzo
Sauri-Pallavicino, que el adinerado compositor tenía en Génova y donde él
mismo
pasaba
largas
temporadas.
Sorprende
que
con
semejantes
antecedentes le temblara el pulso cuando a la muerte de Wagner el 13 de
febrero de 1883 (ambos tenían entonces 69 años) escribió a Ricordi:
«¡Triste! ¡Triste! ¡Triste! ¡Wagner ha muerto! Al leer ayer su nota me sentí
aterrado, esa es la expresión». Pensarán ustedes: «Bueno, al menos sus
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Preparado por Patricio Barros