Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 119

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron compases del Tristán y allí los pasó por una trituradora que los dejó irreconocibles. Pobre Wagner…, pensar que mientras escribía el segundo acto había enviado una nota a su amada Mathilde von Wesendonk asegurando que de su cabeza estaba saliendo la música más hermosa que jamás se había escrito… A Stravinski también se le revolvió el estómago pensando en comida cuando escuchó por primera vez Parsifal, lo que hizo en Bayreuth acompañado por Diaghilev, recién encargada su Le sacre du printemps. Lo contaba en sus Crónicas de mi vida cuarenta años después, un testimonio en el que aún se traslucía el golpe de felicidad que le inundó cuando se tocó la última nota: Al cabo de un cuarto de hora ya no podía más. Sentía que se me entumecían los miembros y tuve que cambiar de posición inmediatamente […]. No pensé en otra cosa más que en el final del acto, el final de mi martirio. Llegó el entreacto, ¡por fin!, y pude recomponerme con un par de salchichas y una cerveza. Nada más encender un cigarrillo la fanfarria atacó de nuevo y tuve que entrar. ¡Un acto más de pesadilla! ¡Y yo pensando en mi cigarrillo, al que sólo había podido dar una calada! Aguanté otro acto. Después más salchichas, más cerveza, otra fanfarria, de nuevo para adentro, otro acto, el último. ¡Fin! El lúcido Brahms utilizó en algún momento a Clara Schumann como confesora buscando el perdón por haber escuchado aquel pecado de soberbia que era Los maestros cantores de Núremberg: «La escucho tan atentamente como puedo —le escribió—, es decir, tanto como puedo soportarla». Con Tristán le pasaba lo mismo, y de hecho su aversión por aquella ópera le llevó a afirmar que «si miro eso a la mañana estoy de mal humor para el resto del día». Por Sigfrido y El oro del Rin no sentía un aprecio mayor, aunque Wagner ganaba alguna consideración cuando se trataba de La valkiria y El 119 Preparado por Patricio Barros