Hatun Hillakuy 2008-Hatun Willakuy. Versión abreviada del Informe | Page 390

57 CVR. BDI-I-P335. Entrevista a ex autoridad realizada entre marzo y mayo de 2002 en Sancos, Huancasancos, Ayacucho. El conflicto armado exacerbó muchos conflictos locales de vieja data, potencián- dolos de modo destructivo y con efectos desintegradores. Los conflictos fueron utilizados por los grupos alzados en armas para fines inmediatos y estratégicos, incentivando aun más los odios y los rencores internos, sembrando ocasiones de venganza y añadiendo otros elementos que dificultaban el retorno del orden local. Así, los grupos subversivos trataron de aprovechar las contradicciones surgi- das en la colectividad y los descontentos de la población para ejercer su dominio. Los conflictos por tierras o acceso a recursos naturales, las revanchas familiares y los enconos personales de origen diverso sirvieron como motivación para enfren- tar a los pobladores entre sí cuando lo consideraron necesario. Al llegar a las comunidades y pueblos los grupos subversivos establecían contactos y nombra- ban líderes, instauraban un «nuevo orden» basado en una disciplina rígida acom- pañada de gestos concretos de moralización. De este modo, en un primer mo- mento, dichos grupos encontraron un cierto grado de aceptación por parte de algunas comunidades, pues su presencia coincidía con el anhelo de orden y justi- cia en las poblaciones. Ese «nuevo orden» fue propicio para denunciar a las auto- ridades por malversación de fondos públicos o para acusar a personas importan- tes de la localidad. El discurso del «nuevo orden» caló en muchos pobladores, sobre todo cuando eran testigos de gestos concretos de imposición de disciplina y moral. «¡Carajo! Esas gentes de plata: ¡a barrer las calles, bien ordenaditos, nada de sacavueltera! A esos que eran waqras, no había eso, a esos al toque castigo [...], todo bien limpiecito era pues esas veces», 57 decía un poblador de Saneas. El castigo a los poderosos constituía una señal de justicia y la instauración de una nueva expe- riencia igualitaria, la ausencia aparente de brechas entre pobres y ricos. Sin em- bargo, no todos los miembros de una comunidad estaban de acuerdo con las nuevas maneras de proceder, lo que provocó mayores tensiones entre los pobla- dores. Las envidias y los rencores entre los pobladores generaron mayor desconfian- za e incertidumbre, sobre todo cuando sin ninguna razón algún miembro de una familia, por ejemplo, no era castigado por los senderistas, cuando otros espera- ban tal castigo. También la prosperidad de algunos era motivo de enemistades, dudas y sospechas por parte de la comunidad. Los conflictos no siempre se hicie- ron explícitos y, ante el temor y la incertidumbre, un grupo de personas decidió abandonar sus comunidades, pero otros, los más pobres, al quedarse no tenían otro destino que acatar las indicaciones de quienes estaban al mando. La partida abrupta de las comunidades produjo el abandono de bienes y te- rrenos, los que empezaron a ser utilizados por quienes permanecieron en la comuni- dad con la expectativa de convertirse en propietarios, para lo que, en algunos casos, contaban con la anuencia de las autoridades locales. Pasado un tiempo, muchos comuneros o propietarios retornaban a sus lugares de origen, pero encontraban 377 Exacerbación de los conflictos internos