Hatun Hillakuy 2008-Hatun Willakuy. Versión abreviada del Informe | Seite 387

374 En sentido inverso, también se vivieron experiencias similares, aunque de menor intensidad, en los procesos de retorno de algunas familias a sus comuni- dades de origen. En estos casos habrían sido los niños y los jóvenes, acostumbra- dos al ritmo de vida de las ciudades, quienes más dificultades tuvieron para adap- tarse al campo. Ante la escasez de recursos, los desplazados, acostumbrados a trabajar la tie- rra para ganarse la vida, se vieron en la necesidad de obtener dinero para sobre- vivir y el comercio ambulatorio fue una fuente de ingresos asequible. Yo me dedicaba a vender algunos artículos de primera necesidad, que en esos tiempos era todo. La vida era caro y solamente me daba para comer; porque las cosas que uno se encontraba en la chacra en una parte nos ayudaba, o sea que se echaba de menos las cosas que producía, los productos. O sea, todo era plata en la ciudad. Pero en tu chacra que tú cosechabas no recompensaba que estar mejor en tu chacra, porque en la ciudad las cosas son todo caro y compras. Todo ahí es comprado. Y vino, me metió en un trabajo pero no era un trabajo estable, de vez en cuando, pasajero nomás. Me arrepentí en la ciudad, volví a los ocho meses. 50 Muchos de quienes se insertaron en la periferia de las ciudades no eran hispano- hablantes, lo que afectaba severamente su capacidad esencial de comunicación. «Del campo llegas a una ciudad, era fatal. Para colmo no sabíamos hablar, allá en la sierra todo quechua, no sabíamos hablar castellano. Estamos perdidos, ni conocía- mos con quién conversar, era bien triste la vida que habíamos pasado». 51 Asimismo, los desplazados fueron víctimas de discriminación étnica, incluso por parte de gentes del mismo origen. Era la primera vez que iba a la ciudad, era grande, me sentía raro, había amigos o vecinos que me decían «serrano», pero no tanto me acomplejaba por más que me trataban así. Mi hermano me apoyó bastante, «no le hagas caso a nadie, todos somos iguales» [...] En el colegio igual, de «serrano» me trataban pero yo no les hacía caso y estudiaba, les ganaba a todos, era el mejor alumno de mi colegio. 52 El riesgo de ser maltratado, incluso en el caso de los niños, se incrementaba cuando los desplazados provenían de las zonas habitualmente consideradas como las más golpeadas por la violencia: Nos decía «terruco», hasta en el colegio mismo. Los profesores «oye terruquito» me decían. Había una profesora joven, tenía miedo de hablar del Sendero. «Ah tú eres, tú has sido terrorista», me pregunta un día. «Ah, sí» le digo. Desde ahí me tenía como miedo, se asustó. Cuando yo le contaba, como le estoy contado hoy día, cómo mataban, hasta se ponía a llorar. Después se hizo mi amiga… Yo era el único ayacuchano y Ayacucho estaba sonado como senderista, todo el mundo era senderista para ellos y mis compañeros me tenían cierto recelo, no tenía mucha amistad. Decían «si le hacemos algo qué tal nos mata»... pero yo les hablaba, les trataba de hacer entender que eso no era así como lo piensan ellos, que yo no he sido senderista. 53 50 51 52 53 CVR. Testimonio 453378. CVR. Testimonio 100704. CVR. Testimonio 205380. Ibídem.