Hatun Hillakuy 2008-Hatun Willakuy. Versión abreviada del Informe | Página 386
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201347.
200499.
201642.
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ya no querían estudiar en la chacra, se iban a la ciudad». 46 De este modo, los más
jóvenes, fundamentalmente varones, salieron de la comunidad dejando a muje-
res y niños a su suerte.
Asimismo, los testimonios revelan que otros grupos que se desplazaron en los
primeros años fueron las autoridades y los pobladores con mayores recursos. De
ese modo, la comunidad no sólo iba quedando despoblada paulatinamente, sino
que además se la desestructuraba: perdía a sus jóvenes, sus autoridades, sus maes-
tros. La sensación de desorganización e inseguridad frente a tales ausencias pro-
ducía nuevos desplazamientos: «Bueno, la comunidad después de la fecha quedó
totalmente destruida, no había autoridad, no había varones, los que han quedado
también se fueron, se han desplazado a Lima, a Huamanga, unos cuantitos ya
nos hemos quedado». 47
La decisión de desplazarse en búsqueda de protección y seguridad supone
habitualmente un sinnúmero de pérdidas, dentro de las cuales los bienes materia-
les adquieren una singular importancia. Estas pérdidas, quizás menos significati-
vas en otros contextos, deben ser entendidas en una situación económica y cultural
en la cual la tierra es la principal fuente de supervivencia y, junto a la vivienda, es
la más importante, cuando no la única, propiedad de los campesinos. Si bien en
algunos casos existía la posibilidad de vender las propiedades antes de desplazarse
—lo cual no deja de constituir una pérdida—, en la mayoría de ocasiones esto no
era posible por el carácter desesperado y necesariamente clandestino de la salida
de la comunidad. Por estas razones, son frecuentes las referencias a viviendas,
tierras y animales que en muchos casos fueron perdidos definitivamente, tomados
por otros comuneros o expropiados por alguno de los bandos en conflicto. «A Ica,
a Lima se iban de miedo dejando sus chacras botados, sus animales botados». 48
Esas salidas abruptas suponían que los pobladores llegasen a sus puntos de
destino sin recursos y que debieran empezar allí, en la mayoría de ocasiones,
desde cero. No es difícil entender entonces que el grueso de la población despla-
zada hacia las ciudades constituyera el grupo más pobre entre los pobres. Asi-
mismo, haber perdido vivienda, tierras y animales, desalienta a los potenciales
retornantes: «[...] no tengo nada para volver».
Apenas llegados a los lugares de recepción y refugio, los desplazados se vieron
enfrentados a la necesidad de un nuevo comienzo en condiciones especialmente
difíciles. Conseguir un lugar dónde dormir o algo para calmar el hambre fueron las
primeras tareas que debían resolver. Enfrentados en ocasiones al caos de las gran-
des ciudades, desprovistos de sus comidas habituales, alejados de sus tierras y pri-
vados de la compañía de los que allí se quedaron, los desplazados experimentaron
intensos sentimientos de nostalgia y deseos de volver. «Me vine acá para Huancayo,
abajo en Chilca, por ahí estoy viviendo. Y de ahí mis hijitos no se pueden acostum-
brar, están sufriendo ahí. Se escapaban, se escapaban para Huamalí; pero yo no
tengo familia, nada. Ahí una vecina nomás que era buena, aunque es pobre, ahí
llegaban [...] no querían estar acá [...] no se acostumbraban». 49