Hatun Hillakuy 2008-Hatun Willakuy. Versión abreviada del Informe | Page 377
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Una de las tareas cumplidas por la CVR fue el acopio de información certera
sobre tales sitios de entierro. Durante su trabajo, la CVR llegó a realizar conjunta-
mente con el Ministerio Público algunas diligencias de exhumación de restos hu-
manos. Esas pocas diligencias ofrecen una medida de la extrema importancia de
esas investigaciones para los familiares y de su alto valor humanitario y justiciero.
La facilidad con que pudo realizarse dicha tarea en la primera fosa exhumada,
Chuschi, que concluyó en el reconocimiento y posteriores ritos de entierro de los
cuerpos encontrados, aumentó las expectativas de los familiares que esperaban
se exhumaran las otras. De una de ellas, los familiares, que habían sido quienes
enterraron a prisa, esperaban tener la oportunidad de realizar los ritos necesa-
rios. Sin embargo, con la segunda fosa el trabajo se hizo especialmente penoso
pues las fosas habían sido removidas, alteradas por la intervención de animales y
factores climáticos.
Lo más saltante entre la reacción de los familiares fue la expectativa ansiosa,
cargada de dolor. ¿Qué se encontraría?, ¿cómo estaría el cuerpo de su familiar?,
¿podrían reconocerlo? Las personas son reconocidas por el recuerdo que tenemos
de su apariencia física. Pero ante restos, osamenta, pedazos de cuerpo mezclados
con retazos de tela, gastados todos por el tiempo, ¿cómo reconocer?, ¿a quién
reconocer en esos restos?
Quienes pudieron reconocer a su familiar asesinado, así como quienes tenían
la certeza de que allí se encontraba, tuvieron sosiego, mas no así quienes no su-
pieron, no pudieron o se resistieron a reconocerlos. Para alguno de ellos, desente-
rrar una fosa era oportunidad de reencuentro con su familiar muerto. Una señora
dolida sintió que fue fugaz el reencuentro y comentó: «Te fuiste por tanto tiempo
para ahora volver y pronto volverte a ir».
D AÑOS AL NOMBRE Y AL CUERPO
El nombre propio es una marca de nuestra identidad, nos identifica y singulariza.
Con él nos reconocemos y somos reconocidos por los otros. La violencia del con-
flicto y las condiciones que impuso obligaron a mucha gente a alterar o negar su
nombre o el de sus familiares para salvarse y salvarlos. Con ello, también oculta-
ban sus vínculos familiares, sus lugares de procedencia, sus roles, sus experien-
cias vividas, aspectos todos ellos importantes en la identidad personal. Identifi-
carse, darse a conocer, resultó para muchos peligroso, sobre todo ante el riesgo de
ser asociado o confundido con un «sospechoso». Algunas personas fueron
confundidas con otras por su nombre, y fueron castigadas o injustamente deteni-
das. Como ya señalamos, el nombre de una comunidad, de una población o de
una familia fue objeto de estigmatización. A la larga, el ocultamiento o negación
del nombre, o de otros aspectos de la persona, su estigmatización, constituyeron
una experiencia que conllevó cuestionamientos a su identidad y a su autoestima,
además de falta de reconocimiento y valoración por parte de otros.
Quienes hoy sufren secuelas físicas de actos violentos llevan en su cuerpo las
huellas visibles del horror. Rostros desfigurados al impacto de una bala, de la
onda expansiva de una bomba o de los métodos sofisticados de tortura; partes
del cuerpo mutiladas o paralizadas, generándoles discapacidad, entre otras co-