Hatun Hillakuy 2008-Hatun Willakuy. Versión abreviada del Informe | Page 374

Mi marido, al encontrar, tuve que llevar a enterrar, que ya estaba hasta comido por el perro, sin sangre, ni lengua tenía [...] sin lengua, sin nariz, sin ojos, sus cabellos y sus ropas estaban podridos, bien blanqueado estaba su carne, sin piel, sus cabellos estaban a un lado podrido y los tuve que hacer juntar para enterrarlos. 13 Con frecuencia, quienes recogieron a sus seres queridos de un simple botade- ro de cuerpos tuvieron que añadir al dolor un agudo sentimiento de humillación: sus padres habían sido tratados como animales. «Ahí lo mataron a mi papá, como oveja le cortaban la cabeza con cuchillo, en pedacitos lo cortaron y lo quemaron, por eso el cuerpo de mi padre se volvió carbón». 14 La condición en que se hallaron los cuerpos —torturados, despedazados, des- nudos— suscita dolorosas imaginaciones sobre los vejámenes sufridos. Lo primero que a veces a uno se le viene la memoria es sus padres, en el sentido qué fue de ellos, cómo murieron, quiénes fueron. ¿Te das cuenta? Es un trauma muy grande, demasiado grande para eso. Yo me acuerdo, después de años leí la autopsia que le hicieron, la forma tan criminal como lo mataron. A veces yo digo: «Si lo hubiesen matado, lo hubiesen matado de un golpe certero y no hubiese sufrido». Pero, lamentablemente, ellos lo mataron ha de cuenta que con un pico araban la tierra, porque le dieron en la cabeza, malsanamente le cortaron la yugular y una persona que se desangra yo creo que sufre mucho, mi padre vivió varias horas porque no lo mataban. 15 Los vejámenes sufridos en vida se prolongaron en muchos casos póstumamente, para mayor sufrimiento de los deudos a quienes los perpetradores prohibían, bajo amenaza de drásticos castigos, rendir honras fúnebres a sus familiares asesinados. Se debe considerar que las ceremonias de entierro son cruciales en un proceso de duelo. Ellas permiten la expresión oportuna del dolor y favorecen la acepta- ción de la pérdida. Además, son ocasión de que los deudos sientan la solidaridad de los miembros de la comunidad. Cada pueblo posee ceremonias fúnebres car- 11 12 13 14 15 CVR. CVR. CVR. CVR. CVR. Testimonio Testimonio Testimonio Testimonio Testimonio 201804. 203731. 500620. 203858. 100557. 361 Muchas personas asumieron la penosa tarea de buscar, a veces durante varios días o semanas, los restos de sus familiares. Con frecuencia, los cadáveres fueron hallados en estado de descomposición, descuartizados o calcinados. En ocasio- nes, debieron ser rescatados de los animales que amenazaban devorarlos. Aban- donados en calles, alrededores, riberas, los cuerpos revelaban la ferocidad del maltrato sufrido. «Lo han matado allá en el huayco y el perro se lo estaba co- miendo, la parte de su cara ya se lo había comido». 11 Quince o veinte años después de la experiencia, los declarantes describían a la CVR con detalle unas escenas que jamás han podido desalojar de sus memorias. «Así amarrado, cuando amarrado lo encontré, señor, casi me volví loca, y eso nada más está en mis ojos y en las noches también eso nada más está». 12 En ciertas ocasiones, los cuerpos irreconocibles eran identificados por sus ropas y sus pertenencias.