Hatun Hillakuy 2008-Hatun Willakuy. Versión abreviada del Informe | Page 372

Marcas personales del sufrimiento La desintegración de la familia y el deterioro de la vida comunal han afectado severamente, como se ha visto, el entorno social en que las personas pueden reali- zarse como tales. Ese daño, sin embargo, solamente complementa otros perjuicios más hondos e íntimos derivados de la vivencia personal del sufrimiento y la mane- ra en que éste se ha impregnado en la identidad de las víctimas y sus allegados. La inaudita crueldad de los perpetradores, fueran estos miembros de las organizacio- nes subversivas o agentes de las fuerzas de seguridad del Estado, llegó al extremo de prohibir a los deudos que honren a sus muertos y de pretender despojar a las víctimas de su condición humana. Esa brutalidad ha dado a los atropellos una per- versa perdurabilidad: asesinatos, violaciones, golpizas, insultos siguen presentes en la memoria y en la identidad de miles de ciudadanos del Perú. 9 CVR Testimonio 100490. Cuando concluyeron los años más duros de la violencia en los Andes rurales, los esfuerzos por restituir la vida comunal se tropezaron con una gran dificultad: el rencor subsistente entre vecinos que por diversas circunstancias resultaron enfrentados, como víctimas y como perpetradores, durante aquellos años. Sentimientos de tristeza y resentimiento marcan la convivencia entre quienes perdieron familiares o sufrieron despojos y quienes fueron cómplices o autores materiales de los atropellos. Algunos de ellos se han reintegrado a la vida comunal sin pagar sus culpas previamente e, incluso, con el correr de los años, han asumido puestos de autoridad desde los cuales niegan sus actos pasados y eluden su responsabilidad. Por otro lado, independientemente de los conflictos persistentes entre miem- bros de una misma localidad, en diversos casos, la localidad en conjunto ha resul- tado perjudicada por la imposición de un estigma. El caso más claro y amplio es el del departamento de Ayacucho, nombre que en las décadas de los 80 y 90 se asociaba mecánicamente con terrorismo y violencia. Muchos ayacuchanos han sufrido por esa abusiva asociación que hacía aun más dura la vida de los despla- zados en sus lugares de destino. Lo mismo ocurre con diversas localidades que se hicieron conocidas a escala nacional por la revelación de algún episodio de violencia. Especialmente signifi- cativo es el caso de la comunidad de Uchuraccay, que quedó asociada solamente a la muerte de ocho periodistas ocurrida ahí en 1983, sin que se diera a conocer la muerte de decenas de comuneros en los años siguientes ni se reconociera el es- fuerzo de reconstrucción realizado por sus pobladores. 359 como llegaban así a diferentes lugares les decían que los atiendan, prácticamente los obligaban y la población no podía hacer otra cosa más que atenderlos. Después de un tiempo llegaban los subversivos y también hacían lo mismo; mataban a la gente porque habían atendido a las fuerzas del orden y eso era un círculo vicioso; iban, nos mataban entre ellos, y así prácticamente la gente iba sufriendo lo indecible, sin tener culpa de nada. 9