Hatun Hillakuy 2008-Hatun Willakuy. Versión abreviada del Informe | Page 371
La violencia también cambió el rostro a la calle y otros espacios públicos, que
dejaron de ser lugar acogedor y continuación de la comunidad para convertirse en
fuente de hallazgos horrorosos: cadáveres abandonados, cuerpos mutilados podían
ser hallados en cualquier momento y acentuaban el temor a las represalias en caso de
que se buscara justicia. «En la plazuela amanecía tanta gente, amanecían muertos;
por eso ya mis vecinos también dijeron «no, si le sigues proceso [...], de la venganza,
así te puede matar» me han dicho. Entonces lo dejé en nada jefe, de miedo». 6
Muchos comuneros mencionan la extrañeza y desolación que les producía el
ver sus sembríos quemados, su casa derruida, sus animales robados o sacrifica-
dos sin su consentimiento.
[...] ha quemado mi casa, todito mi casa, se ha comido los animales, todito y me ha
hecho un tremendo daño. Ciento cuarenta planchas tenía [...] Yo traía madera de
allá para hacer mi casa, yo era cafetalero, tenía platanal, cacahuales. Yo soy socio
de la cooperativa [...] años y yo tengo tendal de cacao, de café y he cosechado
bastante maíz, [...] yo sacaba préstamos del banco [...]. He trabajado años, soy
agricultor antiguo [...] he trabajado desde el año 1955 con el banco. [...] Todito me
ha quemado el Ejército, ahora no tengo ni calamina, ni hoja, [...] soy viejito ya, no
tengo cómo hacer mi casa. 7
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Otros bienes, en este caso simbólicos, afectados por el clima de temor fueron
los rituales y las fiestas comunales, ocasiones escogidas muchas veces por los
agresores para atacar. El temor a sufrir nuevos ataques, que en ciertos casos tu-
vieron ribetes de sacrilegio, condujo a que en algunas zonas del país la población
abandonara esas costumbres. En otras ocasiones, el PCP-SL las proscribió.
Al cabo de los años, se puede constatar una pérdida cultural en ciertas zonas
hostigadas por los actores armados. En algunas localidades, según indican los
testimonios brindados a la CVR, los jóvenes ya no desean participar en las fiestas
y han perdido el interés en las tradiciones de su comunidad.
Ha sido impactante comprobar que la agresión a las comunidades fue practi-
cada con intensidad tanto por las organizaciones subversivas como por las fuer-
zas de seguridad del Estado. La circunstancia de encontrarse «entre dos fuegos»,
sin posibilidad de acogerse a la protección de alguno de los actores armados en
particular, agravó la zozobra de la vida cotidiana. «Los senderistas vienen dicien-
do «soplones», la misma cosa, asesinando, asesinaba a la gente sin asco. Se van
los senderistas, vienen los ronderos, los militares: la misma cosa». 8
Para salvar la propia vida, los pobladores se veían obligados a colaborar, ha-
bitualmente con comida o alojamiento, con el PCP-SL y con las fuerzas del orden.
En muchos casos, estas colaboraciones forzadas fueron castigadas con la muerte
por la otra parte.
Toda la gente de esa zona ya no pudo vivir en paz nunca más, porque así como
ellos mataban a los soldados, empezaron también a matar pobladores de la zona
porque decían que «por qué no han avisado que venían los subversivos». Después,
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CVR. BDI-SM-P294. Testimonio 202735.
CVR BDI-SM-P101. Testimonio 430194.
CVR. Testimonio 100704.