Hatun Hillakuy 2008-Hatun Willakuy. Versión abreviada del Informe | Seite 370
P ÉRDIDA DEL REFERENTE COMUNAL
El deterioro de la vida comunal en las zonas rurales afectadas por la violencia
resultó tan nocivo para el bienestar emocional de los pobladores como lo fue la
descomposición familiar.
El hostigamiento e incluso las masacres perpetradas contra comunidades en-
teras, y los actos de violencia que ellas mismas protagonizaron, debilitaron los
lazos comunitarios, hicieron frágil la organización social, alteraron las condicio-
nes de convivencia, y socavaron valores y prácticas comunitarias. En algunos ca-
sos, las comunidades optaron por la vigilancia; en otros, quizás en la mayoría, la
única opción disponible fue el desplazamiento. En cualquiera de las dos circuns-
tancias, la convivencia diaria resultó trastrocada y la comunidad perdió su fuerza
como espacio ordenador de las vidas individuales y familiares.
Los espacios de experiencia compartida, como las asambleas, comenzaron a
ser vistos como peligrosos, puesto que los agresores buscaban esas ocasiones
para atacar. Así, muchos pobladores prefirieron dejar de participar en activida-
des comunales y se impuso la búsqueda individual de medios de sobrevivencia.
Ese tiempo, por estar de miedo, a los montes teníamos que ir y en los montes
teníamos que dormir. En donde no debíamos dormir, dormíamos, con todos mis
hijitos llorando, como la lluvia llorando. [...] De haber, había autoridad; pero con
todos esos grandes temores ¿dónde se habrían ido? Ellos también, de miedo se
fueron. [...] En esa fecha muchos éramos [...]. De ahí los que estuvieron, no sé a
dónde se habrían ido. A Lima, a Ica... Se esparcieron; así como cuando la madre
perdiz vuela y se dispersan, lo mismo nosotros como la perdiz nos hemos
dispersado, acá, allá, nosotros estuvimos, tanto, tanto sufrimiento, papay, tuvimos. 5
5
CVR. Testimonio 201066. Ayacucho.
357
La violencia ocasionó la dispersión de muchas familias obligadas a huir des-
ordenadamente para sobrevivir. La adaptación en los lugares de llegada fue
siempre penosa, pues a la precariedad y a los maltratos se sumaba la añoranza
del mundo perdido. Para los niños adolescentes la distancia física del lugar de
origen se convirtió también en distancia afectiva respecto de su padres.
Precisamente, cuando la integración familiar era más necesaria para la protección
de los hijos, las madres tuvieron que dedicarse con prioridad a procurar el sustento
familiar. Sobresale en los testimonios recabados por la CVR el lamento de no
haber podido dar o recibir la protección de los padres. Entre los hijos que
perdieron a uno de sus padres, fue frecuente la demanda ansiosa de la presencia
del sobreviviente, quien, precisamente, no podía dedicar todo su tiempo a
acompañar a sus hijos.
Por otro lado, entre las familias que no quedaron dispersas, la convivencia se
hizo difícil por los rasgos de irritabilidad y depresión que afectaban a algunos de
sus miembros. En muchas ocasiones los adultos optaron por el silencio ante los
hechos traumáticos. En esos casos, las preguntas de los hijos pequeños subsistían
como recordatorios perturbadores de que había una desgracia por enfrentar y
asumir plenamente.