Hatun Hillakuy 2008-Hatun Willakuy. Versión abreviada del Informe | Página 369

356 estabilidad como son la familia y la comunidad, así como los referentes cultura- les y las organizaciones de la sociedad local. En primer lugar, se encuentra el deterioro de la familia que, al perder a alguno de sus miembros adultos —padre o madre—, se hizo más pobre y dejó de cum- plir parcial o totalmente su función de formadora y protectora para los hijos me- nores. Se debe señalar que el primer golpe sufrido por éstos y por los cónyuges fue, de hecho, el presenciar el asesinato con crueldad de sus seres queridos. Al dolor de la pérdida se unió un sentimiento almacenado de impotencia que a ve- ces se tradujo en sensación de culpa. Para la identidad de los hijos menores obli- gados a presenciar la muerte de sus padres, fue especialmente devastador el ver que la figura que para ellos representaba la autoridad y la protección era sojuzga- da, maltratada y humillada por subversivos o por militares. La repentina orfandad significó para los niños y niñas un profundo daño mo- ral. Los hijos menores se vieron privados de la figura que representa la autoridad y el orden, y que brinda una vivencia de protección y orientación. Algunos testi- monios recordaron ante la CVR la privación de todo aquello que el padre, de estar vivo, hubiera provisto: alimentación, ropa, útiles para el estudio, pero tam- bién consejos, orientación, cariño, estímulo y aliento. Así, el desarrollo emocional de los hijos de las víctimas fue alterado por ausencia de las figuras de identifica- ción necesarias para la construcción y afirmación de su identidad. En la mayoría de casos, los hermanos o hermanas mayores tuvieron que asu- mir el papel de alguno de los padres: trabajar en la chacra, cuidar a los animales, cuidar de los hermanos menores o trabajar para mantenerlos. Esta responsabili- dad, prematura en muchos casos, dio lugar a niños o jóvenes sobreadaptados, obli- gados a madurar anticipadamente. Al lado de la orfandad, se presentó el drama de la viudez. Ser viuda significó perder derechos y estatus en la comunidad. Con el dolor a cuestas, las viudas tuvieron que enfrentar solas la lucha por la sobrevivencia familiar y por labrar un futuro para sus hijos. Se vieron obligadas a asumir nuevas tareas para las que no estaban, o no se sentían, preparadas, al mismo tiempo que enfrentaban en ciertos casos el rechazo de la comunidad. Padezco pues, papá. Sola no puedo, ¿cómo hacer? Soy madre sola y cualquier cosa hace falta. No, pues, lo que hace un varón no puedo hacer y de día y de noche lloro, padezco, padezco de cualquier cosa. No encuentro peón, [...] yo misma hago, volviéndome varón, volviéndome mujer. De ese modo o de otro paso mi vida. La gente me odia, habla de mí, eso me duele; todo eso sufro no estoy en buena vida [...]. Nuestros semejantes, papacito, me odian, cualquier cosa me dicen [...]. Me ponen celos con sus esposos; me odian, papá [...]. 4 Del lado de los padres, la muerte de hijos e hijas, así como de los hermanos, resulta tan dolorosa como desconcertante. Para los padres, es el fin de una espe- ranza y el inicio de un nuevo temor sobre una futura vejez desamparada. Para los hermanos, se trata de la pérdida definitiva de un compañero y eventual protector que queda idealizado en el recuerdo y en la imaginación de lo que pudo llegar a ser de no haber muerto. 4 CVR. BDI-SM-P11. Testimonio 203238.