Hatun Hillakuy 2008-Hatun Willakuy. Versión abreviada del Informe | Page 369
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estabilidad como son la familia y la comunidad, así como los referentes cultura-
les y las organizaciones de la sociedad local.
En primer lugar, se encuentra el deterioro de la familia que, al perder a alguno
de sus miembros adultos —padre o madre—, se hizo más pobre y dejó de cum-
plir parcial o totalmente su función de formadora y protectora para los hijos me-
nores. Se debe señalar que el primer golpe sufrido por éstos y por los cónyuges
fue, de hecho, el presenciar el asesinato con crueldad de sus seres queridos. Al
dolor de la pérdida se unió un sentimiento almacenado de impotencia que a ve-
ces se tradujo en sensación de culpa. Para la identidad de los hijos menores obli-
gados a presenciar la muerte de sus padres, fue especialmente devastador el ver
que la figura que para ellos representaba la autoridad y la protección era sojuzga-
da, maltratada y humillada por subversivos o por militares.
La repentina orfandad significó para los niños y niñas un profundo daño mo-
ral. Los hijos menores se vieron privados de la figura que representa la autoridad
y el orden, y que brinda una vivencia de protección y orientación. Algunos testi-
monios recordaron ante la CVR la privación de todo aquello que el padre, de
estar vivo, hubiera provisto: alimentación, ropa, útiles para el estudio, pero tam-
bién consejos, orientación, cariño, estímulo y aliento. Así, el desarrollo emocional
de los hijos de las víctimas fue alterado por ausencia de las figuras de identifica-
ción necesarias para la construcción y afirmación de su identidad.
En la mayoría de casos, los hermanos o hermanas mayores tuvieron que asu-
mir el papel de alguno de los padres: trabajar en la chacra, cuidar a los animales,
cuidar de los hermanos menores o trabajar para mantenerlos. Esta responsabili-
dad, prematura en muchos casos, dio lugar a niños o jóvenes sobreadaptados, obli-
gados a madurar anticipadamente.
Al lado de la orfandad, se presentó el drama de la viudez. Ser viuda significó
perder derechos y estatus en la comunidad. Con el dolor a cuestas, las viudas
tuvieron que enfrentar solas la lucha por la sobrevivencia familiar y por labrar un
futuro para sus hijos. Se vieron obligadas a asumir nuevas tareas para las que no
estaban, o no se sentían, preparadas, al mismo tiempo que enfrentaban en ciertos
casos el rechazo de la comunidad.
Padezco pues, papá. Sola no puedo, ¿cómo hacer? Soy madre sola y cualquier cosa
hace falta. No, pues, lo que hace un varón no puedo hacer y de día y de noche
lloro, padezco, padezco de cualquier cosa. No encuentro peón, [...] yo misma hago,
volviéndome varón, volviéndome mujer. De ese modo o de otro paso mi vida. La
gente me odia, habla de mí, eso me duele; todo eso sufro no estoy en buena vida
[...]. Nuestros semejantes, papacito, me odian, cualquier cosa me dicen [...]. Me
ponen celos con sus esposos; me odian, papá [...]. 4
Del lado de los padres, la muerte de hijos e hijas, así como de los hermanos,
resulta tan dolorosa como desconcertante. Para los padres, es el fin de una espe-
ranza y el inicio de un nuevo temor sobre una futura vejez desamparada. Para los
hermanos, se trata de la pérdida definitiva de un compañero y eventual protector
que queda idealizado en el recuerdo y en la imaginación de lo que pudo llegar a
ser de no haber muerto.
4
CVR. BDI-SM-P11. Testimonio 203238.