Hatun Hillakuy 2008-Hatun Willakuy. Versión abreviada del Informe | Page 360
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Sobre los «contrarrestablecimientos» véase el acápite sobre el PCP-SL.
Son más bien los campesinos los que parecen tener de cierta manera una mayor conciencia de
comunidad nacional, pues cuando relatan sus historias creen que quienes los están matando son
«extranjeros», «gringos», pishtacos. No conciben que sus connacionales los maten «como animales».
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rrir crecientemente a la imposición por el terror. Sus asesinatos eran «castigos
ejemplificadores». Muchos testimonios ofrecidos a la CVR expresan no sólo el
dolor, sino la indignación que produjo ver morir a familiares «como animales»; a
eso se sumaba, con frecuencia, la prohibición de enterrarlos. Luego de la entrada
de las Fuerzas Armadas para combatir la subversión, la táctica senderista de los
«contrarrestablecimientos» incrementó aun más el número de víctimas civiles.
Desde Lima, Guzmán propuso construir «comités populares» cerca de donde se
instalaban bases militares 12 para provocar la reacción del Estado: esto contribuyó
también a que el número de víctimas sea tan elevado.
Pero el otro factor decisivo para explicar la crueldad del conflicto armado
interno fue la respuesta del Estado. Que la provocación mortífera del PCP-SL
haya encontrado eco, demuestra que en las décadas previas, de «baja intensidad»
de muertes por conflictos sociales y enfrentamientos políticos, el país había tran-
sitado en realidad por un largo y difícil desfiladero, que el PCP-SL logró bloquear,
al menos temporalmente. A partir de 1983 se revelaron los abismos ya anotados:
no sólo la falta de una comunidad nacional de ciudadanos, sino el desprecio teñido
de racismo por los campesinos, que permeaba las instituciones del Estado
incluyendo a las Fuerzas Armadas. En los primeros años de su intervención, ellas
se comportaron a veces como un Ejército de ocupación. 13
Pero la violencia desatada por el PCP-SL, confundido entre la población, tam-
bién hizo aflorar el miedo. Esos «otros» despreciados, muchas veces incompren-
sibles, comenzaron a ser vistos como peligrosos, sin distinguir si eran o no
senderistas. A su alrededor comenzó a (re)tejerse toda una mitología que los con-
vertía en seres resistentes a las torturas e imperturbables ante la muerte. Los
viejos imaginarios racistas sobre el «indio» terco, cruel y traicionero, reaparecieron
con fuerza. El miedo azuzó la crueldad de las fuerzas contrasubversivas.
A esto se añade, por un lado, la influencia de la doctrina de seguridad nacional,
exportada por los Estados Unidos a la región y, por otro, el poco enraizamiento de
las doctrinas de Derechos Humanos que recién comenzaban a transformase en
instrumentos legales y cuyas violaciones empezaban a ser sancionadas en trata-
dos internacionales incorporados en la legislación nacional.
Si la etapa anterior fue de moderación por parte de todos los actores, la irrup-
ción del PCP-SL abrió una «caja de Pandora» que los trastocó a todos. Así, en las
zonas rurales más pobres, el PCP-SL se involucró y en muchos casos acabó po-
tenciando y militarizando viejos conflictos sociales intra e intercomunales. En
zonas afectadas por el narcotráfico, el PCP-SL terminó agudizando la dinámica
de por sí violenta de una sociedad de frontera, dinámica en la que se involucraron
también y, con crueldad, las fuerzas del orden. En todas partes, el PCP-PSL exacerbó
el castigo físico, llevando a extremos una tradición en la que caben desde los
maltratos patronales o policiales, hasta las sanciones en comunidades campesi-
nas o barrios populares urbanos.