Guia Orgullo 16 CR Jun. 2016 | Page 74

74 —¿Desde ya me das el adiós final, mi señora? Kalixeina sonrió, se sentó al lado de su convidado y le dijo: —Los romanos suelen olvidarse de los dioses infaustos cuando brindan. Hay que apaciguarlos a todos, querido Cayo, para que no nos ahogue el agua de la Estigia antes de tiempo. Y en cuanto a la mirra —continuó ella tomando un breve sorbo de su propia copa— acostumbramos en esta casa servirla con el vino a nuestros amigos e invitados como seña de aprecio y buenos augurios. Es una costumbre egipcia que yo mantengo desde niña. Los inciensos sagrados como el olíbano, el sándalo y la mirra, son auspiciosos, de buen augurio, y mantienen el mal a distancia. Es decir, a aquellos que nos quieren causar mal, querido. Y con esto se acercó a la cara del Erastés y le dio un beso largo y amoroso. Los inciensos de su cuerpo se mezclaban con la mirra de su copa y el sándalo de la túnica del hombre. Cayo recibió aquel beso como una ofrenda de cariño pues quien lo conociera en Roma sabía de su obsesión exclusiva por los chicos. § Las bailarinas comenzaron a danzar portando plumas de avestruz para pretender taparse lo que no se tapaban a la vez que los chicos, provistas de látigos de cuero y máscaras de gladiador, intentaban atraparlas, quitarles las plumas y amarrarlas con los látigos. La música de cítaras, aulói, siringas, tímpanos y un tambor de guerra creaban el perfecto ambiente dionisíaco para una representación sexual donde los chicos y las chicas poco a poco van entrando en la cópula, llevando el ritmo con sus cuerpos y sus gritos hasta el orgasmo final. Cayo el Erastés está aturdido de vino, de belleza y de sexo. El chico con el que comparte su triclinio está desnudo y debajo de las ropas del Erastés creando su propia coreografía erótica llena de gemidos, palabras sexuales, pequeñas convulsiones y hasta gritos y sensuales chillidos. Cayo no sabe dónde se encuentra. No sabe quién es el dionisito debajo de su cuerpo; no sabe quiénes son los que bailan, la mujer hermosa que constantemente le dirige la mirada y levanta su copa a distancia para brindar con él. No sabe quiénes son los hombres que hablan al oído de la mujer mientras le dirigen la mirada a él. No sabe, en fin, cómo vino a parar a esta bacanal exclusiva de las altas esferas, quién lo invitó o cómo fue traído hasta aquí sin que se diera cuenta. Lo único real en este momento son los instrumentos musicales en delirio dionisíaco y el baquito debajo de sus ropas. Un niño bien entrenado en las artes del sexo y evidentemente entregado de forma total al placer. Pero las luces de repente cambian de color. Los rojos, amarillos, purpuras y oros de la gran sala del baile se oscurecen de repente dejando solo verdes, azules y negros ahuyentando poco a poco la luz y la música hasta que no es más que un zumbido opaco en la distancia, algo que parece estar ocurriendo en otras habitaciones a mucha distancia de esta húmeda oscuridad en la que ahora el Erastés navega como un escatonuata de la noche, un viajante sin luz ni sombra para guiar su continuo devenir entre lo que parecen ser pieles tibias, mantos de seda, terciopelo y miembros de múltiples cuerpos entrelazados. El olor a sangre, a sangre tibia y lubricante recorriéndole todo el cuerpo como un bálsamo, un ungüento maravilloso y nutricio que lleva a Cayo de vuelta a su casa, a su amplia cama cubierta de pieles y del cuerpo cálido y joven de su bello Amintas, siempre sonriente, siempre lujurioso y dispuesto a los pies de su amo. El hombre entonces abre los ojos y encuentra una luz ámbar bañando tenuemente la habitación. Un sistema de cuerdas y redes de pescador cubrían el techo a modo de decorado exótico y bárbaro, algo parecido a lo que se encontraría en los rústicos palacios de las gentes del mar, las que vivían más allá del imperio en las arenosas costas del mar Rojo. Pero Cayo sabía que no podía estar tan lejos. No podía ser más que una de las habitaciones de la extensa villa de Kalixeina, dentro la misma Roma. Aunque la gran hetaira tuviese fama de excéntrica y misteriosa, aunque su villa fuese un laberinto del Minotauro en miniatura o un templo de cocodrilos en las riberas del Nilo, Cayo sabía que no podía ser otro lugar que el extraño palacio de la griega donde se decía, y lo decía todo quien había estado ahí, que se podía recrear cualquier ambiente del