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—¿Desde ya me das el adiós final, mi señora?
Kalixeina sonrió, se sentó al lado de su convidado
y le dijo:
—Los romanos suelen olvidarse de los dioses infaustos cuando brindan. Hay que apaciguarlos a
todos, querido Cayo, para que no nos ahogue el
agua de la Estigia antes de tiempo. Y en cuanto
a la mirra —continuó ella tomando un breve sorbo
de su propia copa— acostumbramos en esta casa
servirla con el vino a nuestros amigos e invitados
como seña de aprecio y buenos augurios. Es una
costumbre egipcia que yo mantengo desde niña.
Los inciensos sagrados como el olíbano, el sándalo y la mirra, son auspiciosos, de buen augurio,
y mantienen el mal a distancia. Es decir, a aquellos
que nos quieren causar mal, querido.
Y con esto se acercó a la cara del Erastés y le dio un
beso largo y amoroso. Los inciensos de su cuerpo
se mezclaban con la mirra de su copa y el sándalo
de la túnica del hombre. Cayo recibió aquel beso
como una ofrenda de cariño pues quien lo conociera en Roma sabía de su obsesión exclusiva por
los chicos.
§
Las bailarinas comenzaron a danzar portando plumas de avestruz para pretender taparse lo que no
se tapaban a la vez que los chicos, provistas de
látigos de cuero y máscaras de gladiador, intentaban atraparlas, quitarles las plumas y amarrarlas
con los látigos. La música de cítaras, aulói, siringas,
tímpanos y un tambor de guerra creaban el perfecto ambiente dionisíaco para una representación
sexual donde los chicos y las chicas poco a poco
van entrando en la cópula, llevando el ritmo con sus
cuerpos y sus gritos hasta el orgasmo final. Cayo el
Erastés está aturdido de vino, de belleza y de sexo.
El chico con el que comparte su triclinio está desnudo y debajo de las ropas del Erastés creando su
propia coreografía erótica llena de gemidos, palabras sexuales, pequeñas convulsiones y hasta gritos y sensuales chillidos. Cayo no sabe dónde se
encuentra. No sabe quién es el dionisito debajo de
su cuerpo; no sabe quiénes son los que bailan, la
mujer hermosa que constantemente le dirige la mirada y levanta su copa a distancia para brindar con
él. No sabe quiénes son los hombres que hablan
al oído de la mujer mientras le dirigen la mirada a
él. No sabe, en fin, cómo vino a parar a esta bacanal exclusiva de las altas esferas, quién lo invitó o
cómo fue traído hasta aquí sin que se diera cuenta.
Lo único real en este momento son los instrumentos musicales en delirio dionisíaco y el baquito debajo de sus ropas. Un niño bien entrenado en las
artes del sexo y evidentemente entregado de forma total al placer. Pero las luces de repente cambian de color. Los rojos, amarillos, purpuras y oros
de la gran sala del baile se oscurecen de repente
dejando solo verdes, azules y negros ahuyentando
poco a poco la luz y la música hasta que no es
más que un zumbido opaco en la distancia, algo
que parece estar ocurriendo en otras habitaciones
a mucha distancia de esta húmeda oscuridad en la
que ahora el Erastés navega como un escatonuata
de la noche, un viajante sin luz ni sombra para guiar
su continuo devenir entre lo que parecen ser pieles
tibias, mantos de seda, terciopelo y miembros de
múltiples cuerpos entrelazados. El olor a sangre,
a sangre tibia y lubricante recorriéndole todo el
cuerpo como un bálsamo, un ungüento maravilloso
y nutricio que lleva a Cayo de vuelta a su casa, a su
amplia cama cubierta de pieles y del cuerpo cálido y joven de su bello Amintas, siempre sonriente,
siempre lujurioso y dispuesto a los pies de su amo.
El hombre entonces abre los ojos y encuentra una
luz ámbar bañando tenuemente la habitación. Un
sistema de cuerdas y redes de pescador cubrían
el techo a modo de decorado exótico y bárbaro,
algo parecido a lo que se encontraría en los rústicos palacios de las gentes del mar, las que vivían
más allá del imperio en las arenosas costas del mar
Rojo. Pero Cayo sabía que no podía estar tan lejos.
No podía ser más que una de las habitaciones de
la extensa villa de Kalixeina, dentro la misma Roma.
Aunque la gran hetaira tuviese fama de excéntrica
y misteriosa, aunque su villa fuese un laberinto del
Minotauro en miniatura o un templo de cocodrilos
en las riberas del Nilo, Cayo sabía que no podía ser
otro lugar que el extraño palacio de la griega donde se decía, y lo decía todo quien había estado
ahí, que se podía recrear cualquier ambiente del