Guia Orgullo 16 CR Jun. 2016 | Page 73

73 —No menos de un año —respondió Ascylto en su habitual tono de hombre de negocios. Encolpio por fin dejó escapar una sonrisa de alivio y volvió a su jarro vació. Y Ascylto, viendo esto, de inmediato llamó de nuevo a la esclavilla. Era pasada la medianoche cuando los dos hombres, y nuevos socios, salieron de la popina en el Foro de los Bueyes. La luna brillaba con un color amarillo sucio en Oriente y ambos amigos, borrachos y más satisfechos que cuando llegaron, se alejaron dando traspiés y dando gritos de algarabía. Nadie los detendría esa noche por disturbios a la paz o vandalismo. Roma no tenía policía ni de día ni de noche. Así que cada hombre, en la oscuridad de las plazas y las callejas, era más o menos dueño de su destino. § La nueva sociedad con su viejo amigo prácticamente había salvado la vida y el negocio de Encolpio. Reforzado con tres chicos cuasi-fantasma, había logrado recoger un poco de ganancias y volver a una vida cercana a lo que había tenido antes de la traición de Gitón y la fuga de este y otros dos chicos. De hecho, mientras los obsequios de Ascylto permanecieran vivos, no le iría tan mal. Incluso, más adelante, pensaba, cuando su situación fuera un poco más sólida, podría volver a visitar la roca Tarpeya, recoger buen material para el trabajo e invertir en ellos mientras crecían un poco. Pero toda esta nueva bonanza tenía un precio. Siendo socio minoritario de Ascylto, Encolpio debía ahora realizar ciertas tareas que le eran asignadas y que, si bien él llevaba a cabo con todo profesionalismo, no eran exactamente su línea de trabajo. Pero no importaba. Encolpio estaba más tranquilo. Su futuro ya no se veía tan negro y él mismo también podría ejercer un poco de ingenio artístico en el trabajo, algo que nunca había hecho pero siempre le había producido curiosidad. § El olor a francoincienso daba buena fe del lujo y prodigalidad de la casa de Kalixeina. Empotrada en las estribaciones del Virminal, no lejos de la notoria y sobrepoblada Subura, su villa era el centro de atracción de la vida romana más disipada y a la vez más culta. En ella los poetas de la ciudad declamaban sus mejores versos en medio de comidas y bebidas suntuosas, a la vez que chicos atletas saltaban por las habitaciones llevaban a cabo maromas y ejercicios que parecían casi imposibles de ejecutar. Los comensales aplaudían entusiasmados para luego dar paso a las chicas bailarinas que desplegaban su aromática gracia por el gran triclinium de la casa y los jardines veraniegos adjuntos. Un verdadero ejército de esclavos de toda raza corría por doquier portando ánforas, platos y cráteras repletas de vino y agua aromatizada, además de ensaladas, pasteles y los platillos principales que, si los comensales calculaban bien, ya iban por el noveno o décimo servido. Para estas veladas en particular, Kalixeina utilizaba esclavos en su mayoría jóvenes, pues si algún invitado se encariñaba con un puer ad pedes podía ir con él a refocilarse al jardín. Y en cuanto a las chicas, pues había de sobra de dónde escoger: las esclavas jóvenes de la casa, las bailarinas y músicas, y las mismas profesionales de la villa estaban al servicio de todos y todas. Cayo el Erastés no podía salir de su asombro por el lujo, el fasto y el refinamiento que lo rodeaba, pero más aún, no podía creer su buena suerte y la variedad de chicos hermosos que lo rodeaban. Casi parecía que en aquel convivio, los chicos en general le habían sido designados a él como de uso exclusivo. Uno de ellos le lavaba los pies y le cortaba las uñas. Otro le untaba sándalo en la toga y le ponía un arreglo de geranios púrpura en la cabeza. Otros dos chicos se ocupaban de servirle vino, limpiarle la cara y darle de comer directamente a la boca, sin que el Erastés tuviera que hacer el más mínimo esfuerzo. Eventualmente la misma Kalixeina se acercó al Cayo con una copa de vino en sus manos. Se la entregó al visitante y brindó por Jove, Némesis y las Furias. —Extraño brindis, mi señora —dijo Cayo sin inmutarse mucho. Luego olfateó el vino y se dio cuenta de que estaba condimentado con mirra.