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—No menos de un año —respondió Ascylto en su
habitual tono de hombre de negocios.
Encolpio por fin dejó escapar una sonrisa de alivio
y volvió a su jarro vació. Y Ascylto, viendo esto, de
inmediato llamó de nuevo a la esclavilla.
Era pasada la medianoche cuando los dos hombres, y nuevos socios, salieron de la popina en el
Foro de los Bueyes. La luna brillaba con un color
amarillo sucio en Oriente y ambos amigos, borrachos y más satisfechos que cuando llegaron, se
alejaron dando traspiés y dando gritos de algarabía. Nadie los detendría esa noche por disturbios a
la paz o vandalismo. Roma no tenía policía ni de día
ni de noche. Así que cada hombre, en la oscuridad
de las plazas y las callejas, era más o menos dueño
de su destino.
§
La nueva sociedad con su viejo amigo prácticamente había salvado la vida y el negocio de Encolpio. Reforzado con tres chicos cuasi-fantasma,
había logrado recoger un poco de ganancias y
volver a una vida cercana a lo que había tenido antes de la traición de Gitón y la fuga de este y otros
dos chicos. De hecho, mientras los obsequios de
Ascylto permanecieran vivos, no le iría tan mal. Incluso, más adelante, pensaba, cuando su situación
fuera un poco más sólida, podría volver a visitar la
roca Tarpeya, recoger buen material para el trabajo
e invertir en ellos mientras crecían un poco. Pero
toda esta nueva bonanza tenía un precio. Siendo
socio minoritario de Ascylto, Encolpio debía ahora
realizar ciertas tareas que le eran asignadas y que,
si bien él llevaba a cabo con todo profesionalismo,
no eran exactamente su línea de trabajo.
Pero no importaba. Encolpio estaba más tranquilo.
Su futuro ya no se veía tan negro y él mismo también podría ejercer un poco de ingenio artístico
en el trabajo, algo que nunca había hecho pero
siempre le había producido curiosidad.
§
El olor a francoincienso daba buena fe del lujo y
prodigalidad de la casa de Kalixeina. Empotrada en
las estribaciones del Virminal, no lejos de la notoria
y sobrepoblada Subura, su villa era el centro de
atracción de la vida romana más disipada y a la vez
más culta. En ella los poetas de la ciudad declamaban sus mejores versos en medio de comidas
y bebidas suntuosas, a la vez que chicos atletas
saltaban por las habitaciones llevaban a cabo maromas y ejercicios que parecían casi imposibles
de ejecutar. Los comensales aplaudían entusiasmados para luego dar paso a las chicas bailarinas
que desplegaban su aromática gracia por el gran
triclinium de la casa y los jardines veraniegos adjuntos. Un verdadero ejército de esclavos de toda
raza corría por doquier portando ánforas, platos y
cráteras repletas de vino y agua aromatizada, además de ensaladas, pasteles y los platillos principales que, si los comensales calculaban bien, ya iban
por el noveno o décimo servido.
Para estas veladas en particular, Kalixeina utilizaba
esclavos en su mayoría jóvenes, pues si algún invitado se encariñaba con un puer ad pedes podía
ir con él a refocilarse al jardín. Y en cuanto a las
chicas, pues había de sobra de dónde escoger:
las esclavas jóvenes de la casa, las bailarinas y músicas, y las mismas profesionales de la villa estaban
al servicio de todos y todas.
Cayo el Erastés no podía salir de su asombro por
el lujo, el fasto y el refinamiento que lo rodeaba,
pero más aún, no podía creer su buena suerte y
la variedad de chicos hermosos que lo rodeaban.
Casi parecía que en aquel convivio, los chicos en
general le habían sido designados a él como de
uso exclusivo. Uno de ellos le lavaba los pies y le
cortaba las uñas. Otro le untaba sándalo en la toga
y le ponía un arreglo de geranios púrpura en la cabeza. Otros dos chicos se ocupaban de servirle
vino, limpiarle la cara y darle de comer directamente a la boca, sin que el Erastés tuviera que hacer el
más mínimo esfuerzo.
Eventualmente la misma Kalixeina se acercó al Cayo
con una copa de vino en sus manos. Se la entregó
al visitante y brindó por Jove, Némesis y las Furias.
—Extraño brindis, mi señora —dijo Cayo sin inmutarse mucho. Luego olfateó el vino y se dio cuenta
de que estaba condimentado con mirra.