72 do de fatiga y hambre. Y propinándole patadas y empujones hasta que el chico llorara y suplicara no lo dejaba en paz. El que así fuere hallado tenía que traer el doble de lo acostumbrado a la casa, o sino … sino mejor se lanzaba al Tíber o se iba de la ciudad. Claro, casi nadie se iba. Los chicos eran muy jóvenes, enfermos, indefensos y tullidos en su gran mayoría, así que Encolpio se aseguraba ingresos estables y total fidelidad de parte de sus muchachos. Algunas veces, para remachar la disciplina, mataba a alguno que no estuviese trayendo lo mínimo que Encolpio pudiera llamar“ dinero”. Pero claro, siempre se aseguraba de que la víctima fuera uno de los más enfermos y que ya pronto no podría trabajar más. Así se ahorraba el problema de matar agenciándose mayores pérdidas y de paso lograba aterrar a los demás chicos para mantener su fidelidad. El elegido era declarado inservible, inútil y parásito de la casa, por lo que era castigado con un poco de tortura y luego la muerte. De común Encolpio lo hacía personalmente y su método preferido( posiblemente por el efecto dramático) era ahorcar al chico con las manos. Todos debían asistir al estrangulamiento y era estrictamente prohibido llorar y, mucho menos, rogar por la vida de la víctima. El que así lo hiciere, se ganaba un ingreso al libro negro de la casa( llevado por Ancillo,“ secretario” personal del amo). Si se estaba en esa lista, era mejor desaparecer una noche cualquiera aunque se estuviera en lo peor y más frío del invierno.
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Ascylto escuchaba a su invitado poniendo cara de preocupación paterna. Meneaba la cabeza en son de aprobación o desaprobación cada vez que el texto dramático de su amigo lo requiriese.
— Y lo peor que me han hecho no es ser desleales y abandonarme o conjurarse contra mí, querido Ascylto. Lo peor que han hecho algunos de ellos— Gitón, por ejemplo— ha sido aceptar limosna( que no compartió conmigo) del patricio entrometido para que este luego afila sus flechas contra mí— y luego, en tono más vehemente—. ¡ Te das cuenta, Ascylto? ¡ El infame ha llegado al colmo de denunciarme en público utilizando mi nombre y mi profesión como ejemplo de corrupción e impiedad! ¡ Él, que lo más seguro ha vivido de aceptar sobornos a cambio de catilinarias viciosas contra los enemigos políticos de su grupo! ¡ Él, quien posiblemente tenga el culo más flojo que el del último cinaedus de entre los catamitas persas! ¿ Cómo se atreve un tipo posiblemente más corrupto que los agentes de Sila a hablar del honor ajeno! ¿ Cómo se atreve a vituperar a un ciudadano honrado que no hace más que ganarse el pan!
El ofuscado Encolpio se detuvo en este momento y agarró su jarro de vino con verdadera sed y ansias de justicia; o al menos así se lo pareció a Ascylto que escuchaba atento. Luego, puso el jarro de nuevo sobre la mesa y en el acto se soltó a llorar.
—¡ Vamos, hombre!— lo consoló el su amigo el leno—. ¿ A qué esas lágrimas? No te dejes vencer por una situación que tiene muchos remedios. No es tan malo todo. Te digo lo que podemos hacer: yo, tu amigo, te voy a regalar unos cuantos chicos para que levantes tu negocio. ¡ Ya verás!
Y Encolpio levantó la cabeza como un rayó con ojos muy abiertos y perplejos.
— Pero … ¿ cómo harías semejante cosa, Ascylto? ¡ Eso sería una gran pérdida para ti!
— Ni tanto, ni tanto— respondió el otro fingiendo algo de desdén—. Yo tengo dos o tres chicos muy enfermos … el mal de la Diosa, ya sabes, y no creo que vivan más de un año. Ya no me reportan ganancias porque los clientes, a no ser que estén borrachos, se dan cuenta con suma presteza. Uno de los niños, Macrino, no tuvo más que desvestirse para que el cliente le viera las llagas y le pegara mientras no dejaban de insultarme a mí y al pobre enfermillo … Como ves, querido hermano, esos chicos me dejan pérdidas …— y luego, con una mirada de confabulado— mientras que en un negocio como el tuyo caerían de perlas. Están enfermos, demacrados y ya hasta tienden a moverse como tullidos, ¿ no crees que serían ideales?
—¿ Y cuánto crees que vivan?— preguntó Encolpio haciendo cálculos.