Guia Orgullo 16 CR Jun. 2016 | Page 71

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Y con este prólogo, Encolpio se limpió la garganta e inició su lastimero treno:
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Gitón extendió un poco la mano al ver que el patricio se acercaba a su esquina, pero un empujón y una patada de uno de los guardas del patricio alejaron al muchacho de su posible gane y de la mirada de muchos otros en el barrio de Subura. Gitón se refugió en el mismo callejón de siempre, poco más que una alcantarilla, para limpiarse como un animal herido los golpes y llagas de hoy y de días anteriores.
Caminar siempre le había sido difícil, pero ahora, después del cambio que Encolpio le propinó con la ayuda de Fulvio, su“ médico” personal, ya no le quedaba más que arrastrarse, porque los tobillos le habían sido triturados, con un mazo, una botella de vino y una jofaina donde vomitar como únicas herramientas de la transformación. Después del trabajo de Fulvio había pasado muchos días y muchas noches afiebradas— él no la recuerda todas— pero sí recuerda la pus en los pies, las lavativas y limpiezas de las heridas con vino dos veces al día, y su rotunda negativa a comer, cosa que a Encolpio le pareció muy bien por ahorrativo hasta que Fulvio le aclaró que el chico podía morir de hambre. Desde entonces lo alimentaban a la fuerza al menos una vez al día. Papilla de cebada, verduras podridas, pan añejo o cualquier otra cosa que sobrara del día anterior y un vaso de vino todas las noches. Hasta que por fin sintió bajar las fiebres y una mañana de tantas no sintió ya la calentura ni los escalofríos, pero tampoco sentía nada más abajo de las pantorrillas. El día que finalmente se vio lo que quedaba de sus pies, se echó a llorar amargamente( a escondidas de Encolpio) y se dijo para sí que un día de tantos mataría al hijo de perra que lo había dejado totalmente tullido. Nunca tuvo buenos pies. Más bien eran contrahechos y torcidos hacia adentro, pero ahora, la masa todavía sanguinolenta que le quedaba, no se podía llamar pies, ni siquiera patas o zancos o soportes porque no servían para nada. Encolpio decía que eso era lo que atraía más la lástima de los clientes, que por eso los chicos tenían que someterse a tales“ arreglos” del cuerpo, porque el negocio de mendigar no era lucrativo si el chico no generaba lástima entre los más ricos. Por eso les exigía que nunca se bañaran y que si sangraban que tampoco se quitaran la sangre del cuerpo porque era el efecto teatral … diríase que“ épico”, lo que acarreaba más ases y denarios a la arcas de la casa.
Así estuvo Gitón tres semanas, semi escondido en el rincón más oscuro del pudridero que llamaban hogar, y así se fue enconando más su odio hacia Encolpio, el hombre que lo había heredado cuando sus padres lo dejaron en la cima de la roca Tarpeya a que muriera de hambre o fuera pasto de los perros callejeros. Así se trataba en Roma a los niños defectuosos.
Encolpio, por su parte, se ufanaba de ser una suerte de mecenas social. Sólo él, decía, iba en las madrugadas a la roca Tarpeya a ver qué nuevo niño podía rescatar de una muerte segura.
— A veces no se puede hacer nada— decía el pseudo héroe.— los padres ya han dañado a la criatura con fíbulas contaminadas de veneno, golpes o incluso tajos de puñal. Pero bueno, ese es su derecho como paters familias, de lo contrario no reinaría el orden en nuestra república— afirmaba solemnemente el dueño de su casa—. De no ser así, Roma se llenaría de anormales, gentes enfermas y otros indeseables. Yo rescato lo que puedo, lo que creo que aún puede servir, y lo hago con mucho cuidado porque se trata de una inversión a largo plazo. De nada me serviría criar niños defectuosos que más adelante no se ganen el pan con su propio esfuerzo. Eso sería una fuga de recursos imperdonable.
Y diciendo aquello, se terminaba su copa de vino, le lanzaba a Gitón, en una jaula, un poco de pan añejo, y se preparaba para hacer la ronda diurna; aquella en que iría de puesto en puesto a lo largo y ancho de la ciudad asegurándose que cada chico estuviera realizando bien su trabajo mendicante.
—¡ El que no trabaja no come!— vociferaba Encolpio cuando encontraba a alguno de los chicos dormido en el pórtico de un templo o desmaya-