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Amintas, el delicium, está desnudo en la cama y
completamente bañado en sangre. Cayo se yergue sobre su pecho besándole y chupándole las
tetillas mientras acaricia la erección del chico con
una de sus manos.
Más abajo, en el suelo, tirado como una muñeca
descompuesta, el pequeño cuerpo de Lucio saluda la tenue luz de la mañana con dos oquedades
donde ya no hay ojos. Tampoco tiene manos, pies
o genitales. El cadáver mudo parece estar viendo
al vacío de la noche anterior, cuando sintió el frío
agudo del estilete entrarle primero por el ano y
salir, rojizo y lumínico, dos centímetros más abajo
del ombligo. Esto fue lo último que supo el niño. La
fiesta de sangre, heces e intestinos no está ni estuvo registrada en su memoria porque el cervatito
ya estaba mostrando asombro ante las oscuras colinas y montañas del Averno. Proserpina lo saludó
afable y maternalmente. Le devolvió algunas de las
cosas que había dejado sobre la cama de Cayo el
Erastés y lo condujo suave y tiernamente hacia el
palacio negro en la distancia.
§
Ascylto, de alguna manera, resultaba ser un leno
afortunado. No era cualquiera que podía invertir en
tiempo y gente para averiguar qué había sucedido
con Lucio, el pequeño juguete que le reportaba
las mejores ganancias. Sabía que en el subsuelo
del bajo mundo, es decir, entre el cotilleo de los
esclavos del Aventino o la Subura, alguien tenía
que saber algo. Así es como dio con la esclava de
Vario Messano, la que eventualmente le reveló el
destino del niño inversión. Muchos de los esclavos
de la zona —tal como Ascylto sospechaba— se habían enterado del asunto por los chismes y rumores que corrían en el mercado y los burdeles de la
ciudad; pero sus amos, si no habían sido invitados,
tenían apenas una idea vaga de lo sucedido en las
habitaciones del afamado Erastés. Pero, bueno, la
esclava había confiado en otros esclavos lenguaraces y con eso había sellado su propia suerte.
—Ya verás, Encolpio —dijo Ascylto—, cómo me ven-
go de esa crápula de mala madre. Lo que le espera
será de recordar muchos años.
Encolpio sonrió y se sirvió el último poco de vino
que quedaba en la jarra sobre la mesa. Ascylto se
dio cuenta de esto y de inmediato le gritó a la esclava de la popina para que les trajera una más.
El lugar tenía ahora más comensales que en las horas muertas de la tarde. Esta era quizás la décimo
tercera hora pues el Foro de los Bueyes ya estaba oscuro y prácticamente vacío. Solo quedaban
algunas sombras errantes entremezcladas con los
sacerdotes del templo de La Fortuna Viril, donde
ciertos rituales eran iluminados por hachas ceremoniales parecidas a los fasces de los lictores.
Muy posiblemente —pensó Ascylto—, ya se aprestaban a sellar sus puertas por el día de hoy.
En eso, en medio del silencio que flotaba sobre su
pequeña mesa, Encolpio finalmente tomó la palabra.
—Ahora deseo, querido Ascylto, contarte mi historia y la del infame patricio que está arruinando mi
negocio, para que veas que no solo la crápula de
los barrios bajos atenta contra nuestro pan diario.
Ascylto lo miró con ojos tristes y quizás un poco
de resentimiento, tal como si hubiera recibido un
reproche de su amigo e invitado. Pero fingió no
darse por enterado e intervino de nuevo:
—Me he apresurado a relatarte mis males, caro Encolpio, para que veas que tu orador togado, ese
inflado Séneca, no es el único que atenta contra
nuestros negocios, contra nuestro modo de vida
y con nuestro derecho a sobrevivir en la carnívora
Roma.
—Dices muy bien hermano, —replicó Encolpio— y
para que veas el nivel de maldad y porfiria que nos
acecha en estos días de odio y turbaciones, te voy
a relatar ahora, cómo he llegado a perder a varios
de mis mejores chicos; ya no solo una pequeña joyita como tu querido Lucio, pero a Gitón, a Masilo,
a Glauco, a Ennio, a Ampelos y al insustituible Harmodio, todos en manos de mis enemigos tratando
de destruir mi negocio, mi hacienda y lo poco que
me queda de chicos para el trabajo.