Guia Orgullo 16 CR Jun. 2016 | Page 70

70 § Amintas, el delicium, está desnudo en la cama y completamente bañado en sangre. Cayo se yergue sobre su pecho besándole y chupándole las tetillas mientras acaricia la erección del chico con una de sus manos. Más abajo, en el suelo, tirado como una muñeca descompuesta, el pequeño cuerpo de Lucio saluda la tenue luz de la mañana con dos oquedades donde ya no hay ojos. Tampoco tiene manos, pies o genitales. El cadáver mudo parece estar viendo al vacío de la noche anterior, cuando sintió el frío agudo del estilete entrarle primero por el ano y salir, rojizo y lumínico, dos centímetros más abajo del ombligo. Esto fue lo último que supo el niño. La fiesta de sangre, heces e intestinos no está ni estuvo registrada en su memoria porque el cervatito ya estaba mostrando asombro ante las oscuras colinas y montañas del Averno. Proserpina lo saludó afable y maternalmente. Le devolvió algunas de las cosas que había dejado sobre la cama de Cayo el Erastés y lo condujo suave y tiernamente hacia el palacio negro en la distancia. § Ascylto, de alguna manera, resultaba ser un leno afortunado. No era cualquiera que podía invertir en tiempo y gente para averiguar qué había sucedido con Lucio, el pequeño juguete que le reportaba las mejores ganancias. Sabía que en el subsuelo del bajo mundo, es decir, entre el cotilleo de los esclavos del Aventino o la Subura, alguien tenía que saber algo. Así es como dio con la esclava de Vario Messano, la que eventualmente le reveló el destino del niño inversión. Muchos de los esclavos de la zona —tal como Ascylto sospechaba— se habían enterado del asunto por los chismes y rumores que corrían en el mercado y los burdeles de la ciudad; pero sus amos, si no habían sido invitados, tenían apenas una idea vaga de lo sucedido en las habitaciones del afamado Erastés. Pero, bueno, la esclava había confiado en otros esclavos lenguaraces y con eso había sellado su propia suerte. —Ya verás, Encolpio —dijo Ascylto—, cómo me ven- go de esa crápula de mala madre. Lo que le espera será de recordar muchos años. Encolpio sonrió y se sirvió el último poco de vino que quedaba en la jarra sobre la mesa. Ascylto se dio cuenta de esto y de inmediato le gritó a la esclava de la popina para que les trajera una más. El lugar tenía ahora más comensales que en las horas muertas de la tarde. Esta era quizás la décimo tercera hora pues el Foro de los Bueyes ya estaba oscuro y prácticamente vacío. Solo quedaban algunas sombras errantes entremezcladas con los sacerdotes del templo de La Fortuna Viril, donde ciertos rituales eran iluminados por hachas ceremoniales parecidas a los fasces de los lictores. Muy posiblemente —pensó Ascylto—, ya se aprestaban a sellar sus puertas por el día de hoy. En eso, en medio del silencio que flotaba sobre su pequeña mesa, Encolpio finalmente tomó la palabra. —Ahora deseo, querido Ascylto, contarte mi historia y la del infame patricio que está arruinando mi negocio, para que veas que no solo la crápula de los barrios bajos atenta contra nuestro pan diario. Ascylto lo miró con ojos tristes y quizás un poco de resentimiento, tal como si hubiera recibido un reproche de su amigo e invitado. Pero fingió no darse por enterado e intervino de nuevo: —Me he apresurado a relatarte mis males, caro Encolpio, para que veas que tu orador togado, ese inflado Séneca, no es el único que atenta contra nuestros negocios, contra nuestro modo de vida y con nuestro derecho a sobrevivir en la carnívora Roma. —Dices muy bien hermano, —replicó Encolpio— y para que veas el nivel de maldad y porfiria que nos acecha en estos días de odio y turbaciones, te voy a relatar ahora, cómo he llegado a perder a varios de mis mejores chicos; ya no solo una pequeña joyita como tu querido Lucio, pero a Gitón, a Masilo, a Glauco, a Ennio, a Ampelos y al insustituible Harmodio, todos en manos de mis enemigos tratando de destruir mi negocio, mi hacienda y lo poco que me queda de chicos para el trabajo.