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sa scortum tratando de endulzar a su cliente. Entonces, ya fuera de mis casillas, le apliqué fuego a
la desgraciada. La inmunda gritaba como un cerdo cocinado vivo, pero por fin supe lo que tenía
que saber de ella. Además, la información me salió
carísima, Encolpio, gracias a que la hija de perra
no aguantó el interrogatorio. Ahí Messano se dio
cuatro gustos exigiéndome compensación plena,
como si la pesetaria fuese una adolescente núbil;
pero valió la pena. Ya, a estas horas, ha de andar
divulgando chismes y calumnias por las colinas y
los bosques negros del Hades. Porque muerta la
dejé después de saber con dolor lo que le habían hecho a mi pequeño Lucio. Muerta, muy muerta, como quería ver en ese momento al animal de
Cayo el Erastés.
Después de un trago y un leve silencio (que Encolpio supo respetar oportunamente) Ascylto retomó
su amargo relato.
—Este hijo de puttana es muy conocido en los lupanares por su obsesión animal con los chicos, las
fiestas bulliciosas, su instinto sádico en la cama y
el vino de falerno; pero fuera de eso, parece ser el
comerciante del Aventino típico, es decir, un poco
de basura local con pretensiones de gran patricio.
—Vino de falerno, ¿eh? —comentó Encolpio con
sarcasmo.
—Imagínate si le gustará tirar el culo para el cielo—
concluyó el otro.
Ascylto luego le contó a su amigo cómo de nuevo
comenzó una sistemática vigilancia sobre Cayo y
sus domésticos.
—¿Y entonces, Ascylto, has logrado vengarte como
los dioses exigen?
—Todavía no, Encolpio… mi plan es lento porque es
detallado y complejo. El día que mi ira caiga sobre
el Erastés, será el día en que él conozca el Averno.
Y así los dos hombres siguieron tomando vino
en silencio. La esclava trajo una garrafa más, una
cuantas aceitunas un tanto secas y se alejó rápidamente.
§
Cayo el Erastés no es aún un hombre rico pero parece que ya está en vías de serlo. Es uno de los
clientes y patrocinadores más asiduos de los lupanares locales. Todos lo conocen por su lado bueno:
un hombre agraciado, gentil y generoso, especialmente con los chicos que prefiere en los locales
señalados. Pero también lo conocen por su lado
oscuro: irascible, obsesivo y criminal (usualmente
cuando ha consumido demasiado vino o cerveza).
Ya más de una vez ha tenido que desembolsar sus
buenos denarios —e incluso sestercios— cuando
pierde el control y mata a algún chico del negocio. Sin embargo, todos los lenos y lenas lo tienen
como hombre de negocios de buena palabra. Una
vez pasado el acto irascible y habiendo dormido lo
suficiente, el hombre se presenta ante sus nuevos
acreedores y se muestra dócil y civil. Hasta el presente, nunca ha rehuido pagar una deuda adquirida de esta extraña manera y, según lo contado por
los testigos presenciales de dichas transacciones,
Cayo el Erastés ni siquiera regatea el precio que el
leno pide por el jovencito masacrado. Algunos dicen que se trata de un asunto de conciencia, otros
de ética, y aún otras dicen que el hombre tan solo
lo hace por mantener su buen nombre como comerciante. Nadie lo sa