68 na suerte. Todos querían saber, además, cómo era que Cayo había adquirido a Lucio, si nadie había visto tal prenda en el mercado de esclavos. Pero Cayo se limitaba solo a decir que era un obsequio de la diosa Venus, razón por la que el chico( al igual que Amintas) llevaba una corona de mirto en la cabeza.
Trifena y los otros dos esclavos de la casa se afanaban en servir los diversos platos, escanciar vino, y estar atentos a los requisitos de su amo o de cualquiera de los invitados. Pero debajo de esta festividad aparente, debajo de la espuma del vino, de las frases cariñosas y las puyas y relatos de auto glorificación masculina se estaba enconando un odio, pequeñito pero ya muy venenoso. Amintas se sentía totalmente humillado porque una prenda suya le había sido dada al niño esqueleto sin su permiso, y además, para echarle sal a la herida, Trifena le servía primero al putito nuevo y luego a él, a Amintas, quien era el delicium oficial. El muchacho se sentía desconsolado. ¿ Estaría él ya muy viejo para satisfacer el gusto de su señor? ¿ Iba el nuevo esqueletillo a sustituirlo como rey de la cama de Cayo el Erastés? ¿ Tenía Cayo acaso la intención de degollarlo, cegarlo o simplemente echarlo amarrado al Tíber? Amintas no lo sabía con certeza, así que ahogaba la angustia extendiendo la copa a cada momento para que un esclavo se la llenara. Él había estado con Cayo desde siempre, y no sabía su edad exacta precisamente porque había llegado a la casa del amo siendo muy niño. Ahora tendría quizás unos dieciséis y calculaba que Lucio no pasaba de los nueve o diez años. Pero había sido él, Amintas, el que había calentado la cama de Cayo durante las noches de invierno en las épocas en que eran mucho más pobres. Al principio vivían en los pisos más altos de la ínsula, pero con el tiempo se habían pasado a ocupar toda la segunda planta; un progreso muy evidente ya que aquí, en el segundo piso, ocupaban seis habitaciones, podían bajar con rapidez a tomar agua de la fuente pública, Cayo tenía donde almacenar sus productos( granos, aceite y algunas especias) y también podía recibir a sus clientes con algún decoro. Y si todo iba bien, Cayo le había dicho hacía un par de meses, pronto podrían alquilar una tienda del primer piso, o incluso, comprar una casa bonita fuera de las masas y basureros del Aventino.
Pero ahora todo se veía en peligro por la presencia de pordiosero que el Erastés había traído a casa. Amintas ya sabía desde antes que su amo andaba loco por un chico de la Subura, pero no tenía idea de quién era y mucho y menos de que fuera tan jovencito. Lo único que animaba el desconsuelo del delicium era ver que el chico parecía estar a un paso de la muerte. Quizás ya pronto no tendría ni que preocuparse de él.
§
Ascylto cayó un momento como si estuviera al borde del llanto. Encolpio comprendió de inmediato que este era el momento de reconfortar al leno malherido y tratar de llevar la conversación, más adelante, hacia lo suyo.
— Y dime, Ascylto— avanzó Encolpio con un tono de preocupación y solidaridad histriónica—, ¿ cómo te diste cuenta de todo esto? ¿ Alguien te lo contó acaso?
— Al principio— volvió a narrar Ascylto— nadie sabía nada de mi joyita. Se lo habían llevado sin dejar rastro. Pero entonces yo desplegué un grupo de mi gente en busca de información por toda la Subura, por el Aventino y hasta los huertos cercanos a la Castra y el Esquilino. Traté de no dejar piedra sin levantar hasta dar con la suerte de mi querido niñito.
En este punto, Encolpio interviene con su bien medido acto de misericordia, aprieta fuertemente uno de los brazos de Ascylto y pone cara de niño condenado pidiendo clemencia.
Y finalmente un día, hermano— continúa Ascylto levemente sobrecogido—, una esclava de Vario Messano, conocido mío aunque no realmente amigo, dijo saber algo. Le pagué bien a Vario para que me permitiera torturar a su esclava porque la mujer, aunque decía tener información( no sé si es que esperaba que le obsequiara o pagara algo; figúrate el descaro de los esclavos de hoy en día) no decía más que lo mínimo, como una asquero-