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orden de bañar, alimentar y dejar dormir al chico
hasta el día siguiente por la noche, cuando él y
Amintas darían una fiesta privada para unos cuantos clientes y amigos.
§
Trifena se enamoró de inmediato del pequeño fauno. Su cabello rubio (algo más raro entre los romanos que entre griegos) y los ojos intensamente
negros, lo hacían la viva imagen de Ganimedes o
de Bagoas.
La muchacha lo desnudó, lo metió en agua tibia y
poco a poco le fue quitando las capas de mugre
que solían cubrir a los chicos de la calle. Ella vio
con interés y con algo de lástima que Lucio todavía
no podía complacer a una mujer, pero al llegar a la
adolescencia —si vivía— sería una presa por la que
más de una esclava, matrona o meretriz, mataría a
sus rivales… fueran hombres o fueran mujeres.
fiesta de triclinios y de platos exóticos como en los
banquetes del Palatino. Pero aun así, había comida
y frutas en abundancia; una buena ración de queso
de regular calidad y bastantes aceitunas cocidas
en vinagre, así como pan moreno y vino en abundancia. Los hombres y mujeres del convite, al estilo
de las gentes ricas, se ataviaban todas con togas
y estolas de colores vivos, y sobre estos llevaban
brazaletes, ajorcas, torques y anillos, todo de calidad muy dudosa pero que a la distancia refulgían a
la luz de las hachas y los candelabros con la misma
fuerza de un original en metal precioso. Las cabezas llevaban coronas de ciprés o de laurel y los
convidados trataban de hablar con la elocuencia
de los residentes del Palatino, hasta que por fin, a
la tercera o cuarta copa, comenzaban a dejar en
evidencia lo que en ellos era natural y cotidiano.
§
Amintas, el joven delicium, se explayaba sobre un
mueble basto imitación de triclinio etrusco a la manera de la meretrices en los salones de la Subura.
Era evidentemente hermoso, pero algo en su rostro, una marca, un pequeño gesto quizás, dejaba
muy en claro que este chico era tosco, vulgar y
probablemente hasta un poco lento. Pero eso no
le importaba a Cayo el Erastés. Para él Amintas era
la perfección hecha carne, y si solo de eso se trataba —de la carne— entonces el joven catamita era
un maestro consumado, un artífice perfecto de la
belleza imperfecta. Un puttano que en sus mejores
momentos brillaba con el aroma de un verdadero dios. Cerca de él, a unos pasos de distancia
se encontraba Lucio, sentado en una banca y con
apariencia de estar todavía muy desorientado; no
hablaba con nadie y solo expresaba cierto miedo
y la confusión ya señalada por medio de sus grandes ojos negros. Amintas, de rato en rato, le lanzaba miraditas de desprecio pero su mirada no se
topaba con la del chico más pequeño. El jovencito
simplemente parecía no estar viendo a nadie. Pero
si Lucio no se daba por enterado de las miradas
de su competidor, Cayo el Erastés sí estaba atento
al movimiento de sus dos alhajas y no permitía que
nada le pasara inadvertido.
Una fiesta romana en el Aventino no es una fiesta
romana si no había chicos y chicas para el deleite
de los invitados. El convivio, claro está, no era una
Los hombres presentes, casi todos amantes de
muchachos como el mismo Cayo, no dejaban de
congratular a éste por su buen gusto y por su bue-
El niño por fin abrió un poco los ojos, miró lentamente en derredor y luego se volvió a quedar
dormido. La muchacha lo sacó del baño y lo empezó a secar con un trapo sucio, algo que alguna
vez fue gris o amarillo. No valía la pena volver a
ponerle los mismos andrajos que traía así que sacó
un viejo exomis del baúl de Amintas, joven delicium
de Cayo el Erastés y única persona en la casa que
andaba razonablemente limpia.
Lucio se veía estupendo en su “nuevo” exomis.
Lástima, pensaba Trifena, que él mismo no se pudiera ver. Y más lástima aún, siguió pensando la
muchacha, que Amintas le daría una paliza más tarde a ella por haberse atrevido a coger algo suyo.
Sin embargo, su intención no era tan abiertamente
temeraria. Entendía de sobra que Cayo el Erastés
apreciaba enormemente al cervatillo que se había
traído a casa y por eso, de seguro, la protegería
contra la ira y el egoísmo de Amintas. Al menos,
eso era lo que esperaba.