Guia Orgullo 16 CR Jun. 2016 | 页面 67

67 orden de bañar, alimentar y dejar dormir al chico hasta el día siguiente por la noche, cuando él y Amintas darían una fiesta privada para unos cuantos clientes y amigos. § Trifena se enamoró de inmediato del pequeño fauno. Su cabello rubio (algo más raro entre los romanos que entre griegos) y los ojos intensamente negros, lo hacían la viva imagen de Ganimedes o de Bagoas. La muchacha lo desnudó, lo metió en agua tibia y poco a poco le fue quitando las capas de mugre que solían cubrir a los chicos de la calle. Ella vio con interés y con algo de lástima que Lucio todavía no podía complacer a una mujer, pero al llegar a la adolescencia —si vivía— sería una presa por la que más de una esclava, matrona o meretriz, mataría a sus rivales… fueran hombres o fueran mujeres. fiesta de triclinios y de platos exóticos como en los banquetes del Palatino. Pero aun así, había comida y frutas en abundancia; una buena ración de queso de regular calidad y bastantes aceitunas cocidas en vinagre, así como pan moreno y vino en abundancia. Los hombres y mujeres del convite, al estilo de las gentes ricas, se ataviaban todas con togas y estolas de colores vivos, y sobre estos llevaban brazaletes, ajorcas, torques y anillos, todo de calidad muy dudosa pero que a la distancia refulgían a la luz de las hachas y los candelabros con la misma fuerza de un original en metal precioso. Las cabezas llevaban coronas de ciprés o de laurel y los convidados trataban de hablar con la elocuencia de los residentes del Palatino, hasta que por fin, a la tercera o cuarta copa, comenzaban a dejar en evidencia lo que en ellos era natural y cotidiano. § Amintas, el joven delicium, se explayaba sobre un mueble basto imitación de triclinio etrusco a la manera de la meretrices en los salones de la Subura. Era evidentemente hermoso, pero algo en su rostro, una marca, un pequeño gesto quizás, dejaba muy en claro que este chico era tosco, vulgar y probablemente hasta un poco lento. Pero eso no le importaba a Cayo el Erastés. Para él Amintas era la perfección hecha carne, y si solo de eso se trataba —de la carne— entonces el joven catamita era un maestro consumado, un artífice perfecto de la belleza imperfecta. Un puttano que en sus mejores momentos brillaba con el aroma de un verdadero dios. Cerca de él, a unos pasos de distancia se encontraba Lucio, sentado en una banca y con apariencia de estar todavía muy desorientado; no hablaba con nadie y solo expresaba cierto miedo y la confusión ya señalada por medio de sus grandes ojos negros. Amintas, de rato en rato, le lanzaba miraditas de desprecio pero su mirada no se topaba con la del chico más pequeño. El jovencito simplemente parecía no estar viendo a nadie. Pero si Lucio no se daba por enterado de las miradas de su competidor, Cayo el Erastés sí estaba atento al movimiento de sus dos alhajas y no permitía que nada le pasara inadvertido. Una fiesta romana en el Aventino no es una fiesta romana si no había chicos y chicas para el deleite de los invitados. El convivio, claro está, no era una Los hombres presentes, casi todos amantes de muchachos como el mismo Cayo, no dejaban de congratular a éste por su buen gusto y por su bue- El niño por fin abrió un poco los ojos, miró lentamente en derredor y luego se volvió a quedar dormido. La muchacha lo sacó del baño y lo empezó a secar con un trapo sucio, algo que alguna vez fue gris o amarillo. No valía la pena volver a ponerle los mismos andrajos que traía así que sacó un viejo exomis del baúl de Amintas, joven delicium de Cayo el Erastés y única persona en la casa que andaba razonablemente limpia. Lucio se veía estupendo en su “nuevo” exomis. Lástima, pensaba Trifena, que él mismo no se pudiera ver. Y más lástima aún, siguió pensando la muchacha, que Amintas le daría una paliza más tarde a ella por haberse atrevido a coger algo suyo. Sin embargo, su intención no era tan abiertamente temeraria. Entendía de sobra que Cayo el Erastés apreciaba enormemente al cervatillo que se había traído a casa y por eso, de seguro, la protegería contra la ira y el egoísmo de Amintas. Al menos, eso era lo que esperaba.