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—A mí tampoco, —comenta Encolpio metiéndole el
primer mordisco a los ratoncitos en miel—. Y nunca me meto con nadie que pueda hacerme daño
como simple política de negocios, pero este Séneca me ha perjudicado mucho con sus imprecaciones en el foro.
—¿Cómo así, hermano?, —pregunta Ascylto con
algo de cautela—, si tú no eres tan importante como
para llamar la atención de esos malditos togados
que no nos vuelven a ver sino cuando vienen las
elecciones para cónsul o tribuno. Y si no es así, ni
siquiera se enteran de que estamos vivos.
—Ese suele ser el caso, hermano, —continuó Encolpio— y ciertamente el orador no sabía nada de
mi existencia, pero desde que sabe de mí no deja
de nombrarme con cizaña. Sus peroratas me vienen haciendo daño desde hace varios meses. Mis
cuentas están más bajas que las riberas del Tíber
en agosto, y todo, absolutamente todo, se lo debo
a ese perro de mala madre y a quienes me traicionaron.
—Pues sigo sin entender, —confesó Ascylto dándole remate a su porción de ratones y sirviéndose
más vino de la garrafa—. Cuéntame en detalle.
—No —dijo Encolpio sintiéndose de repente obligado a condescender con su amigo. Había recordado, muy de repente, que Ascylto no era amigo
de entrar como plato de segunda mesa en nada.
Además, recordó, el otro estaba pagando la cuenta—. Mejor empieza tú que ya acabaste de comer.
Porque sé, o al menos he oído, que tu negocio
tampoco ha andado muy bien.
—Así es, querido Encolpio—, dijo Ascylto asumiendo un semblante de tragedia.
Luego, se limpió la manos en la túnica, tomó un
gran sorbo de vino, y se puso a hablar en un tono
más bajo…
§
Lucio levantó un poco la cabeza para que el cliente le viera bien el rostro. Trató de quitarse un poco
el pelo de la cara pero el hombre se le adelantó
pasándole unos dedos callosos por la frente y las
mejillas.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó el hombre bajando la mano hacia el vientre del chico.
—Los necesarios para complacerte —respondió
Lucio con una mirada lasciva y evidentemente muy
estudiada—. ¿Por qué? ¿Te preocupa?
El hombre sonrió con algo de desdén y bajó las
manos hasta las nalgas del muchacho donde apretó bien duro hasta ver que el chico arrugaba un
poco el entrecejo de dolor, de placer o de ambos. —¿Cómo te llamas? —preguntó finalmente al
ver que el chico ya estaba totalmente apresado en
su abrazo sudoroso e intenso.
—Lucio —, dijo el otro ya con poco aliento.
—¿Y cuánto quieres por el culito, Lucio? —continuó
el cliente apretando todavía más.
—Seis denarios, —se oyó la voz casi desvanecida
de la presa.
—Seis denarios es mucho dinero por un culito tan
pequeño…
Pero Lucio no le contestó… Se había desmayado.
§
Cayo el Erastés sabía que no había ejercido demasiada fuerza y que el chico se le había desmayado,
más bien, de hambre y de fatiga. Así los mantenían
los lenos romanos para que no escaparan, no causaran revueltas y, más importante aún, no atentaran
contra el amo, en este caso un malviviente llamado
Ascylto a quien Cayo conocía de sobra. Ascylto
era un perro rabioso, y si algo le pasaba a su catamita estrella probablemente rugiría a lo largo y lo
ancho del Aventino y la Subura buscando al culpable. Eso le resultó muy atractivo a Cayo. Tomó a la
mínima figura de Lucio por la cintura, se lo echó al
hombro c