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El reto de la esc~~elaposnzadtrna.
Elpapel de la educaciólz en la era de la infarmución
La esperanza es otro término fundamental en el desarrollo de un lenguaje de
la posibilidad. Es el reconocimiento de que una situación puede tener salida;
puede estar abierta a una variedad de posibilidades que a través de la praxis es
posible transformar. La esperanp se constituye en la necesidad de imagznar zm mundo
alternativo e imaginarlo de tal forma que a uno le capacite para actuar en elpresente como si
dicha alternativa~ya hubiera comenpdo a emever (Simon, 1 992, 4).
La educación adquiere aquí una nueva connotación. La enseñanza habitual-
mente se refiere a las estrategias, métodos y técnicas que se emplean para
conseguir unos determinados objetivos, pero, normalmente, se omiten aspectos
fundamentales como son la producción, accesibilidad y legitimación de un
lenguaje e imágenes que conforman nuestro mundo material y personal con una
forma particular de inteligibilidad. Y si en toda práctica educativa se da una rela-
ción de poder que puede capacitar y/o transmitir lo que se entiende por cono-
cimiento y verdad, una o varias formas de percibir, potenciar o no la diversidad ...
cualquier pedagogía se convierte en una propuesta política o una visión de la
realidad. Sin embargo, no existen prácticas ni metodologías ni currículos que
conformen una pedagogía de la posibilidad. Cada profesor tiene que reformular
su postura epistemológica y ética y acercarse a dicho enfoque según su contexto.
Simon (1992,60) dice que puede empezarse por criticar los efectos destructivos
del lenguaje hegemónico, único válido en el aula; las visiones exclusivas del
conocimiento, la belleza, la verdad, sin profundizar en qué les llevaron a este
estatus. Criticar la sobrevaloraciGn del trabajo intelectual sobre el manual, la
reproducción del s e i s m o y del racismo. Una pedagogía radical debe convertirse
en un discurso contrahegemónico que lleve a los individuos a implicarse en una
crítica transformadora de sus vidas cotidianas y a plantearse por qué las cosas
son como son, qué beneficio podría producir el cambio y qué habría que hacer
para que la realidad fuera de otra manera.
Es preciso entender la educación como una forma de política cultural y consi-
derar la cultura como un sistema de significados que participa en todas las formas
de actividad social y ha de incrementar las posibilidades de acción humana y de
justicia social. Para ello, ha de cuestionar quién tiene el poder para nombrar y
para representar lo válido y lo legítimo. Y si no quiere caer en dogmatismos o
convertirse ella misma en un poder coercitivo, ha de recoger y asumir las pecu-
liaridades culturales y sociales asociadas a las diferencias de clase, etnia, género,
nacionalidad, religión o destreza. Es también importante que, como cualquier
otra teoría y práctica educativa, explicite qué tipo de fines busca y qué valores
sustenta.