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E l reto de /a rrczlelapocnzoderrla. klpupel clr. /(I edzlcaczún en /a em de la znformac~ón
de todos los jóvenes al sistema educativo (de 6 a 16 años), la función de la escuela
ya no puede ser la de preparar académicamente a sus ciudadanos sino propor-
cionar una formación lo más completa posible para que puedan desenvolverse
en una sociedad cada vez más incierta y compleja. Wideen y Grimmet (1995)
señalan la urgencia de que las escuelas preparen a los individuos para capacitarlos
con un conocimiento de situación o contexto más que con conocimientos aca-
démicos. Su valor residirá en su habilidad para resolver problemas dentro de una
sociedad de mercado cada vez más competitiva. Esta es una de las razones, según
estos mismos autores, por las que la educación se ha convertido en algo dema-
siado importante para dejarla en manos de los educadores.
El mundo occidental se replantea reformas educativas de forma más o menos
permanente, porque hoy en día la verdadera riqueza de un país la constituye el
nivel cultural y científico de sus habitantes, de ahí que la educación pase a estar
entre las prioridades de los países llamados avanzados. La UNESCO (Delors,
1996) señala como objetivo prioritario de la educación del futuro aprender a
vivir juntos, lo que implica comprender al otro, respetarlo, realizar proyectos
comunes y solucionar pacífica e inteligentemente los conflictos. Morin (2001),
por su lado, propone siete saberes necesarios para la educación del futuro, y que
han de incidir directamente en el estudio de la condición humana para transfor-
mar al hombre y la realidad injusta que ha creado. Por ello, la función de la edu-
cación debe ser la modificación de nuestro pensamiento para que haga frente a
la creciente complejidad, a la rapidez de los cambios y a la imprevisibilidad que
caracterizan nuestro mundo presente. Potenciar la racionalidad significa abrirse
al diálogo, a la argumentaciGn p al reconocimiento de las insuficiencias de la
propia racionalidad. Morin afirma que: [...] empe~amos a ser verdaderamente racio-
nales cuando reconocemos nuestros propios mitos, entre ellos, el mito de nuestru r q ó n todo-
poderosa y el delprqreso pruntipdo (iliid., 3 1).
El discurso de la educación se ha profesionalizado de tal forma que se ha
convertido en un cuerpo de conocimientos con lenguajes específicos y difíciles
de entender. La formación del profesor, en vez de ir en la dirección de la forma-
ción humanística, crítica y globalizadora de conocimientos se ha orientado hacia
la especialización de actuaciones pedagógicas o didácticas según las diversas
asignaturas que se imparten en la escuela. Dicha fragmentación en el conocimien-
to que, por otro lado no es nueva, se debe a la lógica de la razón instrumental y
de las necesidades tecnocráticas de la sociedad. La dominación ahora se legitima
por medio de políticas fundamentadas en la eficacia, aplicándose dicha política