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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
reaccionar, Yo voy también, dijo la mujer que el otro día había dicho A donde tú vayas iré
yo, de entre tantos no hubo nadie a quien se le ocurriera decir que era facilísimo averiguar
quiénes eran los heridos, cuidado, heridos o muertos, que esto aún no se sabe, bastaba con
que todos fuesen diciendo, Yo voy, yo no voy, los que se hubieran quedado callados eran
los tales.
Empezaron pues a arrastrarse los cuatro voluntarios, las dos mujeres en el centro,
un hombre a cada lado, no lo hicieron por cortesía masculina o por un instinto caballeresco
de protección a las damas, sino porque la cosa salió así, la verdad es que todo va a
depender del ángulo de tiro, si el ciego contable dispara otra vez. En fin, tal vez no ocurra,
nada, el viejo de la venda negra tuvo una idea antes de ponerse en marcha, una idea mejor
que la primera, que los que queden empiecen a hablar muy alto, incluso a gritar, que
además razones no les faltan, para cubrir el inevitable ruido de ir y volver, y también el que
por medio hubiese, cualquier cosa puede ocurrir, sabe Dios qué. En pocos minutos llegaron
los socorristas a su destino, lo supieron cuando aún no habían tocado los cuerpos, la sangre
sobre la que se iban arrastrando era como un mensajero que les decía, Yo era la vida, tras
de mí ya no hay nada, Dios santo, pensó la mujer del médico, cuánta sangre, y era verdad,
un charco, las manos y las ropas se pegaban al suelo como si las tablas y las losas
estuvieran cubiertas de visco. La mujer del médico se alzó sobre los codos y siguió
avanzando, los otros habían hecho lo mismo. Tendiendo los brazos, alcanzaron al fin los
cuerpos. Los compañeros seguían detrás haciendo todo el ruido que podían, eran ahora
como plañideras en trance. Las manos de la mujer del médico y del viejo de la venda negra
se aferraron a los tobillos de uno de los caídos, a su vez el médico y la otra mujer habían
agarrado un brazo y una pierna del segundo, se trataba ahora de tirar de ellos, de salir rá-
pidamente de la línea de fuego. No era fácil, para eso necesitarían levantarse un poco,
ponerse a gatas, era la única forma de seguir utilizando con eficacia las pocas fuerzas que
aún les quedaban. La bala partió, pero esta vez no alcanzó a nadie. El miedo fulminante no
les hizo huir, al contrario, les dio la porción de energía que les faltaba. Un instante después
estaban ya a salvo, se habían acercado lo más posible a la pared del lado de la puerta de la
sala, sólo un tiro muy sesgado tendría posibilidad de alcanzarlos, pero era dudoso que el
ciego contable fuese perito en balística, incluso de la más elemental. Intentaron levantar los
cuerpos pero desistieron. Lo único que podían hacer era arrastrarlos, con ellos venía, ya
medio seca, como traída por una rasera, la sangre derramada, y otra, fresca aún, que seguía
manando de las heridas. Quiénes son, preguntaron los que estaban esperando, Cómo lo
vamos a saber, si no vemos, dijo el viejo de la venda negra, No podemos seguir aquí, dijo
alguien, Si deciden hacer una salida, vamos a tener mucho más que dos heridos, dijo otro,
O muertos, dijo el médico, a éstos no les noto el pulso. Cargaron con los cuerpos a lo largo
del corredor como un ejército en retirada, en el zaguán hicieron alto, se diría que habían
resuelto acampar allí, pero la verdad de los hechos es otra, lo que ocurrió es que se
quedaron sin fuerzas, aquí me quedo, no puedo más. Es hora de reconocer que parecerá
sorprendente que los ciegos malvados, antes tan prepotentes y agresivos, tan fácilmente y
con tanto gusto brutales, ahora no hagan más que defenderse, levantando barricadas y
disparando desde dentro a mansalva como si tuvieran miedo a la lucha en campo abierto,
cara a cara, los ojos en los ojos. Como todas las cosas de la vida, también ésta tiene su
explicación, y es que después de la trágica muerte del primer jefe se había relajado en la
sala el espíritu de disciplina y el sentido de la obediencia, el gran error del ciego contable
fue creer que bastaba apoderarse de la pistola para detentar el poder en el bolsillo, cuando
el resultado fue precisamente el contrario, cada vez que hace fuego le sale el tiro por la
culata, dicho con otras palabras, cada bala disparada es una fracción de autoridad que
pierde, a ver qué acontece cuando la munición se le acabe. Así como el hábito no hace al
monje, tampoco el cetro hace al rey, es ésta una verdad que conviene no olvidar. Y si es
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