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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
él no llegó a enterarse de que mandaba dos regimientos en vez de uno. Por las pocas
ventanas que daban al patio interior entraba una claridad turbia, moribunda, que declinaba
rápidamente, deslizándose hacia el pozo negro y profundo que esta noche iba a ser. Fuera
de la tristeza irremediable causada por la ceguera que sin explicación alguna seguían
padeciendo, los ciegos, válgales eso al menos, estaban a salvo de las deprimentes
melancolías causadas por estas y semejantes alteraciones atmosféricas, comprobadamente
responsables de innumerables acciones de desesperación en el tiempo remoto en el que la
gente tenía ojos para ver. Cuando llegaron a la puerta de la sala maldita, la oscuridad era ya
tal que la mujer del médico no pudo ver que no eran cuatro, sino ocho, las camas que
formaban la barrera, duplicada, como los asaltantes, pero con peores consecuencias
inmediatas para ellos, como no tardarán en comprobar. La voz del viejo de la venda negra
sonó como un grito, Ahora, fue la orden, no se acordó del clásico Al asalto, o si lo recordó
quizá le pareció ridículo tratar con tanta consideración militar una barrera de catres
infectos, llenos de pulgas y de chinches, con los colchones podridos por el sudor y los
orines, las mantas andrajosas, ya no grises, sino de todos los colores con que puede vestirse
la repugnancia, eso lo sabía de antes la mujer del médico, no es que lo pudiera ver ahora,
cuando ni siquiera se había apercibido del refuerzo de la barricada. Los ciegos avanzaron
como arcángeles envueltos en su propio resplandor, se lanzaron contra el obstáculo con los
hierros en alto, como habían sido instruidos, pero las camas no se movieron, cierto es que
las fuerzas de estos fuertes apenas superarían las de los débiles que venían detrás, que
apenas podían ya con las lanzas, como alguien que llevó una cruz a cuestas y ahora tiene
que esperar que lo suban a ella. El silencio había acabado, gritaban los de fuera,
comenzaron los de dentro a gritar, probablemente nadie hasta hoy habrá notado qué
terribles son los gritos de los ciegos, parece que están gritando sin saber por qué, queremos
decirles que se callen y acabamos gritando nosotros también, sólo nos falta ser ciegos, pero
ya llegará. En esto estaban, unos gritando porque atacaban, otros gritando porque se
defendían, cuando los del lado de fuera, desesperados por no haber podido apartar las
camas, soltaron los hierros que cayeron en el suelo de cualquier manera, y, todos a una, al
menos aquellos que consiguieron meterse en el espacio del vano de la puerta, y los que no
cupieron hacían fuerza contra los de delante, se pusieron a empujar, a empujar, a empujar,
parecía que iban a conseguir la victoria, las camas se habían movido ya un poquitito,
cuando de repente, sin previo aviso o amenaza se oyeron tres disparos, era el ciego
contable haciendo puntería baja. Dos de los atacantes cayeron heridos, los otros retrocedie-
ron precipitadamente, atropellándose, tropezando con los hierros y cayendo, como locas las
paredes del corredor multiplicaban los gritos, también gritaban en las otras salas. La
oscuridad era ahora completa, no era posible saber quién había sido alcanzado por las ba-
las, claro que se podría preguntar desde aquí, desde lejos, Quiénes sois, pero no parecía
propio, a los heridos hay que tratarlos con respeto y consideración, acercarse a ellos
caritativamente, posarles la mano en la frente, salvo si fue ahí donde la bala, por una
desgraciada casualidad, les alcanzó, después preguntarles en voz baja cómo se encuentran,
decirles que no es nada, que ya vienen los camilleros, y en fin, darles agua, pero sólo si no
han sido heridos en el vientre, como expresamente se recomienda en el manual de primeros
socorros. Qué hacemos ahora, preguntó la mujer del médico, hay dos caídos en el suelo.
Nadie le preguntó cómo sabía ella que eran dos, los disparos fueron tres, sin contar con el
efecto de los rebotes, si los hubo. Tenemos que ir a buscarlos, dijo el médico. El peligro es
grande, observó hundido el viejo de la venda negra, que había visto cómo su táctica
acababa en desastre, si se dan cuenta de que hay gente volverán a disparar, hizo una pausa
y añadió suspirando, Pero tenemos que ir, yo, por mí, estoy dispuesto, También yo voy,
dijo la mujer del médico, el peligro será menor si nos acercamos a rastras, lo que
necesitamos es dar con ellos pronto, antes de que los de dentro tengan tiempo de
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