ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Seite 92
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
pocos, dijo el ayudante de farmacia, así no vamos a conseguir nada, La vanguardia, si
puedo usar este lenguaje que más parece de militar, tendrá que ser estrecha, dijo el ciego de
la venda negra, lo que nos espera es la anchura de una puerta, creo que si fuésemos más lo
complicaríamos todo, Dispararían al tuntún, concordó alguien, y al fin todos parecieron
contentos por ser tan pocos.
El armamento era el que ya conocemos, hierros arrancados de las camas, que tanto
podrían servir de palanca como de lanza, conforme entraran en combate los zapadores o las
tropas de asalto. El viejo de la venda negra, que por lo visto algunas lecciones de táctica
aprendió en su juventud, recordó la conveniencia de mantenerse siempre juntos y mirando
en la misma dirección, por ser ésa la única forma de no agredirse unos a otros, y que
debían avanzar en silencio absoluto para que el ataque se beneficiase del efecto sorpresa,
Descalcémonos, dijo, Después va a ser difícil que cada uno encuentre sus zapatos, dijo
alguien, y otro comentó, Los zapatos que sobren serán los verdaderos zapatos del difunto,
con la diferencia de que, en este caso, siempre habrá quien los aproveche, Qué historia es
esa de los zapatos del difunto, Es un dicho, esperar los zapatos del difunto es como esperar
la nada, Por qué, Porque los zapatos con que se enterraban a los muertos eran de cartón,
también es cierto que no necesita más, las almas no tienen pies que se sepa, Otra cuestión,
interrumpió el viejo de la venda negra, seis de nosotros, los seis que nos sintamos con más
ánimo, cuando lleguemos empujamos con todas nuestras fuerzas las camas para dentro, de
modo que podamos entrar todos, Siendo así tendremos que soltar los hierros, Creo que no
va a ser necesario, hasta pueden servirnos, si los usamos en posición vertical. Hizo una
pausa, luego dijo, con una nota sombría en la voz, Sobre todo, no nos separemos, si nos
separamos somos hombres muertos, Y mujeres, dijo la chica de las gafas oscuras, no te ol-
vides de las mujeres, Tú también vas, preguntó el viejo de la venda negra, preferiría que no
fueses, Por qué, si puede saberse, Eres muy joven, Aquí no cuenta la edad, ni el sexo, así
que no olvides a las mujeres, No, no me olvido, la voz con la que el viejo de la venda negra
dijo estas palabras parecía pertenecer a otro diálogo, las siguientes ya estaban en su lugar,
Al contrario, ojalá alguna de vosotras pudiera ver lo que nosotros no vemos, llevarnos por
el camino seguro, guiar la punta de nuestros hierros contra la garganta de los malvados con
tanta seguridad como hizo aquélla, Sería pedir demasiado, una vez no son veces, además,
quién nos dice que no se quedó muerta allí, al menos yo no he tenido noticias de ella,
recordó la mujer del médico, Las mujeres resucitan unas en otras, las honradas resucitan en
las putas, las putas resucitan en las honradas, dijo la chica de las gafas oscuras. Después
hubo un largo silencio, por parte de las mujeres todo estaba dicho, los hombres tend