ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 85
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
gran cosa, dijo la mujer del médico. Desconcertados, los mensajeros no acertaron a
responder, les parecía indecente lo que acababan de oír, alguno incluso llegó a pensar que
al fin y al cabo las mujeres son todas unas cabras, qué falta de respeto, hablar de una tía en
esos términos, sólo porque no tenía las tetas en su sitio y era escurrida de nalgas. La mujer
del médico los miraba, parados en la entrada de la sala, indecisos, moviéndose como
muñecos mecánicos. Los reconocía, había sido violada por los tres. Al fin, uno de ellos
golpeó con el palo en el suelo, Venga, vámonos, dijo. Los golpes y las advertencias, Fuera,
apartaos, fuera, somos nosotros, fueron alejándose a lo largo del corredor, luego hubo un
silencio, después, rumores confusos, las mujeres de la sala segunda estaban recibiendo la
orden de presentarse acabada la cena. Sonaron de nuevo los golpes de los garrotes en el
suelo, Fuera, fuera, apartaos, los bultos de los tres ciegos pasaron el umbral de la puerta,
desaparecieron.
La mujer del médico, que antes había estado contándole una historia al niño
estrábico, levantó el brazo, y, sin ruido, cogió las tijeras del clavo. Le dijo al niño, Luego te
cuento lo que falta. Nadie de la sala le preguntó por qué había hablado de la ciega de los
insomnios con aquel desdén. Pasado algún tiempo, se descalzó y le dijo al marido, No
tardo, vuelvo en seguida. Se encaminó hacia la puerta, allí se detuvo y esperó. Diez
minutos después aparecieron en el corredor las mujeres de la segunda sala. Eran quince.
Algunas iban llorando. No venían en fila, sino en grupos, unidos unos a otros por tiras de
paño, por el aspecto parecían desgarradas de una manta. Cuando acabaron de pasar, la
mujer del médico las siguió. Ninguna de ellas se dio cuenta de que llevaban compañía.
Sabían lo que les esperaba, la noticia de las humillaciones no era secreto para nadie, ni
había en estos vejámenes nada nuevo, seguro que el mundo comenzó así. Lo que las ate-
rrorizaba no era tanto la violación como la orgía, la desvergüenza, la previsión de una
noche terrible, quince mujeres despatarradas por las camas y el suelo, los hombres yendo
de una a otra, jadeando como puercos, Lo peor será si siento placer, pensaba una de las
mujeres. Cuando entraron en el corredor que llevaba a la sala de destino, el ciego de
guardia dio la voz de alerta, Ya las oigo, ahí vienen. La cama que servía de cancela fue
apartada rápidamente, las mujeres entraron una a una. Vaya, son muchas, exclamó el ciego
de la contabilidad, e iba numerándolas con entusiasmo, Once, doce, trece, catorce, quince,
son quince. Se lanzó sobre la última, metiéndole las manos voraces por debajo de la falda,
Ésta es mía, está buenísima, decía. Habían dejado de pasar revista, de hacer la evaluación
previa de las dotes físicas de las mujeres. Realmente, si estaban todas condenadas a pasar
por lo mismo, no valía la pena gastar el tiempo enfriando la concupiscencia con
selecciones de alturas y medidas de pecho y caderas. Las iban llevando a las camas, las
desnudaban a tirones, en seguida se oyeron los llantos acostumbrados, las súplicas, las
voces implorantes, pero las respuestas, cuando las había, no variaban, Si quieres comer,
tienes que abrir las piernas. Y las abrían, a algunas les ordenaban que usasen la boca, como
aquella que estaba en cuclillas entre las rodillas del jefe de los malvados, ésa no decía
nada. La mujer del médico entró en la sala, se deslizó lentamente entre las camas, no era
necesaria tanta prudencia, nadie la oiría aunque viniera con zuecos, y si, en medio del
barullo, algún ciego la toca y se da cuenta de que se trata de una mujer, lo peor que le
puede ocurrir es que tenga que unirse a las otras, en una situación como ésta no es fácil
notar la diferencia entre quince y dieciséis.
La cama del jefe de los malvados seguía en el fondo de la sala, donde se
amontonaban las cajas de comida. Los camastros cercanos habían sido retirados, al hombre
le gustaba revolcarse a sus anchas, sin tener que tropezar con los vecinos. Iba a ser fácil
matarlo. Mientras avanzaba por el pasillo central, la mujer del médico observaba los
movimientos de aquél a quien no tardaría en matar, cómo el placer le hacía inclinar la
cabeza hacia atrás, era como si le ofreciera el cuello. Despacio, la mujer del médico se
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